jueves, mayo 16, 2013

La realidad invertida. Cuento sobre un lugar llamado Gladeshban


Imaginemos que usted se marchara de vacaciones por unos días y dejara a su hijo al cuidado de un buen amigo. Una persona de confianza a la que usted ha escogido entre otros amigos por su capacidad para realizar ese cometido. Imaginemos, sin embargo, que este buen amigo, por falta de tiempo u otros factores en los que no nos adentraremos, dejase a su vástago en manos de un buen conocido suyo pero no de usted. Imaginemos finalmente que ese buen conocido de su amigo decidiera transferir el control de su pequeño a un vecino del barrio. Tenemos sin comerlo ni beberlo una larga cadena de responsabilidades. Una matriuska interminable.

Ahora imaginemos que durante su apacible receso -pongamos por ejemplo en un paraíso tropical con aguas cristalinas- a su querido hijo le ocurriera un accidente fatal. El vecino del barrio no presta atención mientras el chaval camina por las viejas escaleras del edificio y el menor tropieza con un escalón difícil, da tres vueltas de campana y se abre el mentón. Una cicatriz de veinte puntos en el hospital y un susto monumental.

¿De quién es la culpa? ¿Del niño? Ciertamente caminó mal, sin mirar, no llevaba casco protector y además tenía la mente en otro lado ¿Será tal vez la responsabilidad del vecino? Su añejo edificio  no está adaptado para niños que corretean de un lugar a otro y seguramente tendría que haber caminado de la mano con el pequeño. ¿Del conocido? Aunque estuviera convencido de que el vecino cuida bien a los niños, traicionó la confianza que había sido depositada en él por un amigo en apuros que le había pedido un favor. ¿Del amigo? A este si que le podríamos acusar de dejación de responsabilidades. Asumió el control del chaval y a la primera de cambio dio prioridad a otros asuntos. ¿Y qué me decís del padre?

Alguno podría afirmar que la fatalidad ocurrió sin su aquiescencia. Bueno, maticemos; quizás si usted hubiera llamado cada día por teléfono a su amigo durante las vacaciones para saber cómo se encontraba su hijo... Si se hubiera molestado en preguntar si el pequeño había hecho los deberes, comido tres piezas de fruta o dormido bien, quizás entonces el amigo no habría podido ocultar que en realidad él ya no estaba al cargo de su hijo y usted se hubiera enfadado muchísimo. Tanto que de un grito mayúsculo habría ordenado romper esa larga cadena de transferencias con las que difícilmente uno puede estar de acuerdo.

Seguramente si iniciamos un acalorado debate discreparemos en el grado de responsabilidad de cada uno de los personajes de esta historia. Pensamientos hay tantos como individuos y cometer errores es de humanos. Bien, ahora añadamos un factor nuevo a la historia. En ese pueblo anónimo en el que a su hijo le ha ocurrido el fatal accidente es de sobra conocido que los habitantes suelen delegar sus responsabilidades y que la policía y la administración municipal hacen la vista gorda con este tipo de situaciones. Cada cierto tiempo suceden casos similares al que ha sufrido usted. En el último medio año otros tres chavales que fueron dejados al cargo de amigos, a su vez al cuidado de conocidos y finalmente de vecinos, tuvieron percances: uno se rompió la pierna; otro, la rodilla; y el tercero, el más pobrecito de todos, está ingresado en la UCI porque se dio un golpe tremendo en la columna vertebral.

Con el conocimiento de esta tradición de dudosa honorabilidad, yo, que ni siquiera tengo hijos todavía, me planteo la siguiente pregunta: ¿Qué padre sería capaz de delegar el cuidado de su pequeño a un habitante de este pueblo sin tener un control regular y estricto de lo que pasa con él? Desde luego, un servidor se andaría con mil ojos, y a usted le recomiendo que haga tres cuartos de lo mismo.

Ahora imaginemos que en esta historia que por el momento no tenía nombres ni apellidos el pueblo se llama Gladeshban, el padre es una poderosa firma de ropa multinacional, el amigo es una importante empresa local acostumbrada a tratar con empresas extranjeras, el conocido es una subcontrata algo menos fiable de esa última compañía y el vecino es otra subcontrata que ni siquiera tiene los papeles en regla pero que quiere hacerse un hueco en un mercado boyante y tiene una fábrica en mal estado. El hijo, el pequeño que ninguna decisión toma y que se cae por las escaleras, es el trabajador asalariado de esa fábrica poco o nada supervisada en la que se produce el accidente.

Parece un cuento y me ha llevado más de setecientas palabras contarlo, pero es una historia real. Como la vida misma. La única diferencia es que la dejación de responsabilidades no causa una simple cicatriz en un mentón, sino casi 1.200 muertos, 2.500 heridos y un centenar de desaparecidos. Todos y cada uno de ellos muy reales. Dejemos de pensar entonces que se trata de un cuento.

sábado, abril 13, 2013

Crónicas del calor indio (abril-octubre de 2012)


Los rickshawallas de Delhi


Un ejército de ciclotaxistas sobrevive a golpe de pedal en Nueva Delhi, y aunque la mayoría lo hace clandestinamente la Justicia ha determinado que todos los miembros del humilde gremio tienen derecho a ganarse así el pan de cada día.
[ver vídeo, de Pau Miranda]

El elefante, ese animal omnipresente


El elefante es ubicuo y tiene una gran tradición religiosa y cultural en la India. Las autoridades del país asiático han aumentado los esfuerzos por su conservación e intentan reducir los conflictos con humanos.

Pasión india por el oro


La India es el principal mercado del oro, un metal considerado un recurso seguro en el país, donde está asociado a cultos religiosos y a la ostentosa joyería de los grandes festejos tradicionales.

India, meca de madres de alquiler


Cada vez son más, vienen de entornos humildes y ofrecen su vientre por un dinero, que no ganarían en años, para dar a luz a un niño que criarán otros: son madres de alquiler en la India, meca de este tipo de fertilización asistida.
El caso de Cayetana, una niña hija de españoles y apátrida en la India

El déficit energético apaga las ambiciones


Los masivos apagones que dejaron a finales de julio sin luz a la mitad de la India ponen de relieve que el déficit energético es un reto mayor para este gigante asiático y potencia emergente de 1.210 millones de habitantes.
[Ver vídeo, de Moncho Torres]

Bollywood busca su James Bond


Países exóticos, misiones de riesgo y bellas mujeres de las que enamorarse fácilmente son los ingredientes de dos exitosas películas de espías con las que Bollywood parece intentar, una vez más, crear una suerte de James Bond indio.

Prohibido mascar tabaco


Empujadas por los problemas de salud que origina, las autoridades de la India han prohibido la venta y producción del "gutka" en gran parte del gigante asiático, una cruzada que amenaza con acabar con este popular tabaco de mascar.

El arte encuentra una nueva atalaya en Delhi


[Vídeo incluido en el artículo]

El lento exilio de los hindúes de Pakistán


La partición del subcontinente indio menguó de hindúes hace más de seis décadas al islámico Pakistán pero muchos que se quedaron intentan ahora asentarse en la India huyendo de la persecución de las minorías religiosas en el vecino país.

Una convivencia rota en Assam


Los peores disturbios étnicos de la última década en la India han sembrado un clima de miedo y desconfianza en esta región nororiental de Assam.

Una frontera peligrosa


Las autoridades indias rodean desde hace décadas a Bangladesh con una de las mayores verjas del planeta para frenar el contrabando y la inmigración ilegal a través de una porosa frontera que se extiende por más de 4.150 kilómetros.

domingo, marzo 17, 2013

Retazos del Kumbh Mela



Cuando a mediados de febrero fui por primera vez a Allahabad parecía que todo el agua del Ganges y del Yamuna estuvieran cayendo de golpe sobre mi cabeza. Improvisé un chubasquero de dos piezas con unas bolsas de plástico y luché durante horas contra la adversidad. Pero en el Sangam, ese punto donde se cruzan los dos ríos más sagrados del hinduismo y el mítico Saraswati, pocos indicios apuntaban a que se estuviera celebrando el Maha Kumbh Mela.

Pese a todo, metí mis pies embarrados allí donde siglos atrás cayó una gota de néctar de la inmortalidad. La gota procedía de una vasija que dioses y demonios se disputaban y, desde aquel prodigioso derrame, la ciudad alberga cada doce años y durante dos meses un festival que representa la mayor congregación humana del mundo. Una cita que atrae a cerca de cien millones de peregrinos.

Había visto las fotos de los fieles imbuidos por la espiritualidad, de los pintorescos santones en cueros peleando por ser los primeros en zambullirse en el Ganges para limpiar sus pecados y había leído como el fin de semana anterior una trágica estampida en la estación de trenes se cobró las vidas de cerca de una cuarentena de personas.


De esas aglomeraciones no quedaba apenas rastro. La lluvia había tenido unos efectos disuasorios más poderosos que cualquier llamada de los dioses. Algunas tiendas de campaña se desmoronaban porque las lonas no aguantaban más el peso del agua, los caminos arenosos del recinto festivalero eran barrizales y algunos peregrinos pugnaban por tomar un autobús de regreso a casa con caras marcadas por el desencanto. Cientos, tal vez miles de kilómetros recorridos en vano. En los días posteriores, las autoridades alertaron de la posibilidad de que el río se desbordase y nadie comprendía por qué el monzón se había adelantado tantos meses y tan encabronadamente.

Pensé que tal vez mi paganismo había tenido algo que ver y sin embargo me resistí a pasearme doce años con la pesada etiqueta de haber estado en el mayor festival del planeta el único día que no hubo festival o en que el destino decidió que hubiera un paréntesis.

Regresé a Allahabad casi un mes después, para la fecha del último gran baño colectivo que cerraría el evento. Me topé con una ciudad mucho más dinámica y colorida. Los oscuros nubarrones de febrero habían dado paso a un claro cielo azul en el que el sol se había hecho dueño de la situación, como si protestara por que Holi -la festividad hindú que tradicionalmente marca la llegada del buen tiempo- hubiera sido retrasado este año de manera injustificada a finales de marzo.


En Allahabad se esperaban unos cinco millones de personas dispuestas a disfrutar del último chapuzón en el Ganges. Eso se aproximaba a la versión genuina del Kumbh Mela que yo buscaba. Poco me importó que muchos otros hubieran optado por abandonar ya la ciudad ante la coincidencia ese fin de semana de un festival en el cercano Benarés en honor a Shiva, dios de la destrucción, al que tenían prevista su asistencia prácticamente todos los naga sadhus, esos santones desnudos que con su presencia hacen más auténticas las fotografías.


Era sábado, el día previo al cierre del telón, y junto al Sangam, algunas personas fumaban marihuana en los cheelum -icónicas pipas de barro- dando unas bocanadas que ayudaban a que el tiempo se ralentizara y las cosas se vieran de manera más sosegada. Otros montaban en barcas para ser transportados hasta el punto en que el verdusco Yamuna y el más marronáceo Ganges se fusionaban. Por los altavoces sonaban sin pausa nombres de gente que se había extraviado y miles de comerciantes dispuestos por las explanadas del festival trataban de hacer su agosto vendiendo amuletos y collares, ofrendas florales, comida, maletas, simples garrafas blancas de plástico para introducir agua sagrada o cualquier otro artefacto sin más valor que el simbólico.

El epicentro temporal del hinduismo no era solo una fuente de espiritualidad, sino también de oportunidades de negocio. Más allá de los humildes comerciantes, representantes de firmas indias consolidadas y emergentes alquilaban casetas para patrocinar detergentes, cosméticos, líneas de ropa, chicles o bebidas refrescantes en un despliegue mayúsculo. Las miradas de millones de visitantes bien valían un esfuerzo promocional que allanara en un futuro la expansión en el mercado de un gigantesco país.
Otros emprendedores apostaban por el sector hostelero en un recinto salpicado por cientos de miles de tiendas de campaña que se convertían por semanas en morada de devotos, algunos humildes y otros más acaudalados.


Había incluso atracciones de feria que ayudaban a los padres a hacer que sus hijos tuvieran una experiencia más llevadera. Para no pocos, la preferida era la temida rueda de la muerte, donde durante unos minutos pilotos al volante de varias motos y un coche hacían honor al principio físico de la fuerza centrífuga y desafiaban a la gravedad conduciendo velozmente por las paredes de un circuito de madera cilíndrico. Los jóvenes conductores ponían su vida en manos de la suerte por apenas veinte rupias o 30 céntimos de euro que costaba el billete. Dime si eso no es pasión.


Dormir fue toda una experiencia en el Kumbh Mela. O más bien un acto de fe. La primera noche casi no pude pegar ojo en una tienda de campaña compartida con una veintena de indios. Un improvisado concierto de flatulencias, una perenne luz fluorescente y los gritos matinales al móvil de exaltadas señoras dejaron en anécdota la masturbación a la que una pareja de jóvenes se encomendó entrada la madrugada cuando creyeron cerrados los párpados de todos los peregrinos presentes. La segunda noche busqué refugio junto a dos periodistas ocasionales en una tienda con mucho mejor aspecto dentro del centro internacional de prensa. Pero las pulgas no abandonaron mi saco durante las horas de oscuridad en las que luché por no pensar en la frecuencia de sus saltos, que sembraron mi cuerpo de rojos y molestos picotazos.

El sueño nunca llegó a mi conciencia y eso, tal vez por suerte, hizo más sencillo el madrugón que me permitió unirme a una apoteósica peregrinación hacia el Sangam entre luces de farolas y estrellas. El domingo empezaba pronto para todos y en ese momento en que el sol aún no amenazaba fue cuando sentí el mayor éxtasis en Allahabad. Entonces comprendí la importancia del evento al que me había empeñado en asistir. Mientras familias enteras dormitaban en el polvo de las calles de esa ciudad artificial festivalera, otras pululaban con bártulos milagrosamente sostenidos en la cabeza. Había quien tomaba un chai caliente para alegrar el estómago y despejar la mente y un ejército de mendigos, leprosos, lisiados y embaucadores trabajaban a todo trajín.



Recorrí en compañía y con la ilusión de un chaval un par de kilómetros hasta llegar al ghat del Sangam. Crucé los caminos encalados para evitar la propagación de epidemias, vi barrenderos mover el polvo de un lado a otro y me asombré con la inaudita perfección de los tendidos eléctricos que ofrecía la provisionalidad frente a las marañas de cables que caracterizan las instalaciones de cualquier ciudad india con más de un mes de vida. Llegué a mi destino cuando los primeros rayos de luz vacilaban y una inmensa bola naranja asomaba por Oriente, situado en esta ocasión a mi izquierda. A mi derecha volaba algún cuervo y había un fuerte tomado por militares que delimitaba el espacio de río en el que las masas purgarían sus ofensas.

Yo era todo inexperiencia pero los devotos conocían el manual de carrerilla. Llegaban a la ribera, extendían en el suelo un plástico grande formado por cientos de envoltorios de Chocapics o chicles Orbit sin trocear, depositaban sus mochilas y comenzaban a quitarse capas como si fueran cebollas humanas. Los hombres se quedaban en ropa interior y las mujeres, algo más recatadas, aunque con excepciones, optaban por conservar el sari para el chapuzón.


Arrancaba entonces el ritual religioso. Los fieles encendían barras de incienso que introducían en barquitos de papel con flores y frutas o dulces para ofrecer en las "puyas" (oraciones). Hay quien entraba tímidamente en las aguas divinas y quien lo hacía con mayor convicción. Algunos niños chapoteaban felices, otros buscaban monedas con un redondeado imán atado de un hilo. Muchas señoras tiritaban de frío en esa mañana no desperezada del todo que todavía conservaba las luces de las farolas; otras cantaban, reían y rezaban.


Allí, frente a mí, había todo un universo. Un joven ingeniero informático tomaba agua en su cantimplora para utilizarla en un futuro en matrimonios o exorcismos; un antropólogo italiano estaba camuflado entre santones con taparrabos, barbas kilométricas y gafas de sol, estudiando sus costumbres, aprendiendo sus maneras; un hombre de avanzada edad bebía un sorbo de agua para atajar todos los males. Una familia de tres piezas se abrazaba tras hacer una ofrenda entre miradas de amor y complicidad. Allí, frente a mí, estaban todos los sonidos y sabores. Todos los colores y olores. No faltaba ninguno. No faltaba nada.





martes, febrero 05, 2013

Te lo contaré todo, salvo alguna cosa


Salvo alguna cosa te juro que te lo contaré todo. Quizás te diga todo o quizás no te diga nada pero seguramente será más de lo que esperabas y mucho menos de lo que querías, y aún así lo intentaré desde el principio hasta el final.

Me explico sin intermediarios. Un día te vi pasar junto al estanque. Ibas con la mirada inconclusa y la razón descuidada. Cuando me quise dar cuenta ya habías hecho todo el camino de las piedras. Todo el camino y todas las piedras. Salvo unos pocos metros que resultaron ser un colchón espacial. Corrí veloz y te alcancé sin que tú notases mi logro.

Me situé detrás de tu sombra, allí donde anhelaba estar. Y tu sombra me cubrió el cuerpo por completo. De arriba abajo. Todo salvo las manos, que se quedaron fuera. Se quedaron en la zona luminosa, de color y de brillo. En la zona desprotegida de tu amparo.

Jugué a camuflar las manos y se volvieron juguetonas. Jugué a enseñarlas y se volvieron serias. Y la seriedad se convirtió en desliz. Sentiste que te seguía. Te detuviste y giraste tu mirada inconclusa y con ella tu razón descuidada. Todo en ese giro eterno se paró. Se pararon los minutos, el viento, los susurros y el sol. Se pararon también la lluvia, los pájaros, la cafetera, el triciclo y las ranas.

Todo se paró menos nuestros corazones, que seguían latiendo. Latían con una cadencia lo bastante fuerte como para ser notoria y lo bastante rápida como para ser distinta al movimiento que uno esperaría de su órgano motriz en un entierro, durante un telediario o al término de una partida de cartas.

Entonces tu mirada fue conclusa y tu razón atenta. Me preguntaste si te seguía desde hacía mucho tiempo. Yo no sabía que contestar. No sabía si decirte toda la verdad o toda la mentira. Te dije que te había seguido desde siempre, salvo desde cuando no te conocía. Entonces esbozaste ese pentagrama en tu cara. Que era todo lo que yo quería. Eso era todo, sin salvedades.

sábado, diciembre 01, 2012

La fuga continúa


Cuando en un frío febrero de 2008 comencé mi andadura en el sur de Asia desde la corresponsalía de la Agencia Efe en Pakistán, al otro lado de la frontera, en Nueva Delhi, un compañero que ya se había granjeado alguna cana en la región me propuso un curioso desafío. "Lo primero que tienes que intentar es conseguir el contacto de Baitulá Mehsud, luego el del mulá Omar, y finalmente, si puedes, el de Osama bin Laden", me dijo sin titubear y con tal convicción que en mi inocente inexperiencia creí que hablaba en serio. Dos de esos diablos barbudos se han esfumado en estos años y del paradero del líder tuerto de los talibanes afganos poco se sabe desde hace más de una década. No hace falta decir que fracasé en el cumplimiento del mencionado objetivo como tantas otras veces.

La misión me la encomendó Diego Agúndez, un fantástico periodista cacereño que esta semana nos ha dejado tras más de seis años juntando letras desde una de las zonas más apasionantes del planeta. A Diego, Agúndez o daa, siglas con las que firmó las más de 6.000 noticias que escribió o editó durante este tiempo, le encantaba llevarnos la contraria en los habituales envites dialécticos de la oficina, tenía un desternillante humor del absurdo y su ambición intelectual hizo de él un gran aliado para descifrar algunas de las claves de este gigantesco subcontinente. A sus espaldas deja más de tres centenares de urgentes y avances informativos, que en cada envío han consumido un poquito de su adrenalina, y coberturas de acontecimientos como la muerte de la ex primera ministra paquistaní Benazir Bhutto, las farsas electorales afganas, la caída de la monarquía en Nepal y el posterior proceso de paz, el fin de la guerra en Sri Lanka o los atentados de Bombay.


Muchas de las noticias que redactó fueron seguramente dramas e incidentes violentos propios de una región cambiante, que ha tenido años muy convulsos y que pese a mirar al futuro de frente encara desafíos mayúsculos y de complicada solución. Sin embargo, quienes conocemos a Agúndez nos quedamos con esas otras informaciones que escribió y que puede que no abrieran portadas pero ayudaron a entender mejor la India, ya fuera desde la perspectiva de la casta, la tradición social o el hábito cultural. Así, su pluma nos deja titulares como "La vaca-cola, orín de vaca para aguzar la mente o combatir la indigestión", "Cazagurús contra la superchería en la India" o "Candidato a presidente después de 'muerto'". Crónicas y reportajes que a buen seguro arrancaron más de una sonrisa en el lector.

 La marcha de Diego, al igual que la del compañero Agus meses atrás, es una de esas injusticias que suceden hoy con tanta frecuencia en Efe y en el periodismo, un oficio abocado por la crisis y la deficiente gestión a una lenta sangría de cerebros que está mermando tanto su calidad que puede que acabe convirtiéndose en un bien prescindible. Su destino ahora está en Bruselas, donde pronto se incorporará a un trabajo irrenunciable. A buen seguro le volveremos a ver pronto de visita en la India, de la que, quizás metafóricamente, se despidió ayer con el obituario de un ex primer ministro indio que trabajó a contracorriente por acercar posturas irreconciliables entre pueblos.

¡Suerte compañero! Te echaremos de menos.


Fotos (los montajes son obra del compañero Pau):

1) Once titular del Cacereño en su participación en la Liga Comunio del sur de Asia: Hazare, Manmohan (portero), Agúndez (capitán), Haqqani, Karzai, Bachchan, Obama, Zardari, Ramdev, Patil y Guilani.

2) "Los terroristas iban vestidos como en la Guerra de las Galaxias". Que la fuerza nos acompañe. (Declaraciones del ministro paquistaní de Interior, Rehman Malik, tras un atentado).

3) Compañeros de la oficina de Efe en el sur de Asia: Alberto, Moncho, Atul, Igor y Pau.

miércoles, septiembre 19, 2012

Inagotable Bangkok

Bangkok abandona su ritmo frenético a las ocho de la mañana y a las seis de la tarde. Entonces suena en altavoces por toda la ciudad el himno nacional y hay quien lo canta con devoción calibrando meticulosamente los tonos de su complicado idioma. La misma devoción existe hacia la monarquía, sobre la que no se admiten discusiones ni críticas -pueden costar la cárcel- y sí en cambio que cada rincón esté impregnado de amables amuletos y retratos de los miembros de la realeza en sus más cotidianas labores. Como capital de la principal meca turística de Asia -un turista por cada tres habitantes-, la metrópoli tailandesa es un hervidero de tendencias, una fuente de dinamismo inagotable y un paraíso de perdición. Enseguida te atrapa con sus luces y sus gigantes de hormigón y cristal. Es la Asia boyante, la que mira al futuro sin miedo y recuerda el pasado con orgullo pero sin nostalgia.
La omnipresencia de la cadena estadounidense Seven Eleven es el recordatorio del triunfo del comercio exponencial. Da igual que quieras un pitillo, una birra de Laos, un sándwich de jamón y queso caliente, un batido de leche con fresas o un chubasquero para hacer frente al demoledor monzón. En cada manzana de la urbe puede uno seguir sumando puntos promocionales gracias al consumismo. A cualquier hora del día y en cualquier día de la semana. Es solo el principio de la rueda. A partir de ese nivel, el comercio se multiplica y no encuentra límites ni en los oceánicos mercados callejeros ni en los centros comerciales adosados a toda estación de metro elevado. Piensa en algo, seguro lo encuentras.Tailandia tiene forma de medusa o quizás la malta de su cerveza me confunda. Te pica pero no te mata. Como sus masajes, como su boxeo que menosprecia los puños y las patadas y encumbra los codazos y golpes de rodilla.Divina tradición. Avisa la tormenta en la estación lluviosa y en un pestañeo las calles tienen casi un palmo de agua. El Chao Phraya y sus canales aledaños se llenan de rabia. Pero Bangkok tiene más orden y disciplina que toda la Asia que había desde Estambul hasta Dacca y la vida sigue allí casi sin querer esperar a que se ponga el modo xiri miri (calabobos).
La ciudad te invita a bucear en su noche de límites laxos. Hay ambientes de sórdida prostitución, de espectáculos bochornosos y mujeres sin opción que forman parte de un gran juego del capitalismo en el que proliferan hombres occidentales fácilmente acompañados. Hay dj's cool con gorro de lana y mangas largas y garitos alternativos con estética retro que parecen un animalario con las más exóticas especies nocturnas. Búhos, lechuzas y murciélagos, también alguna rata. A las dos se baja la persiana en los bares, pero eso es solo la oficialidad de la ley que cumplen algunos. La noche no tiene fin en la clandestinidad de un país de corruptas credenciales. Las torres tienen piscina y gimnasio en la azotea. Uno observa desde allí el narcótico skyline de la ciudad y piensa con incredulidad en la estrambótica toma del centro hace dos años por parte de unos centenares de camisas rojas armados con tirachinas en protesta por la destitución como primer ministro de un conocido magnate. Decenas de manifestantes murieron en las semanas que duró la agitación, la última cicatriz en un país trufado de golpes militares y episodios políticos turbulentos.
Al final se trata de Tailandia, el corazón y músculo de una región tan moderna, hedonista y rompedora, como conservadora, religiosa y de convulso historial. Un país de hábitos monacales y minifaldas, de Iphones y templos con budas reclinados. Un lugar que, con su contradicciones, pecados y tal vez alguna que otra miseria, se deja querer y disfrutar. Mucho.

lunes, mayo 28, 2012

Un año de ensueño con el Athletic

Cuando el Athletic ganó sus últimos títulos, aquel doblete de 1984, yo apenas contaba un añito de vida. Las imágenes de la triunfal Gabarra surcando la ría de Bilbao en medio de un éxtasis colectivo las he visto en numerosas ocasiones en Internet. También las he visto alguna que otra vez en sueños, con protagonistas algo más actuales que aquellos que integraban el cuadro de Clemente, el “rubio de Barakaldo”. La travesía durante estas últimas décadas no ha sido fácil para el Athletic. El fútbol se ha convertido en un negocio de masas, con presupuestos y deudas desorbitados, apertura de fronteras a jugadores europeos gracias a la ley Bosman, fichajes y sueldos estratosféricos. Nuestro club ha querido entretanto mantenerse fiel a esa filosofía única de exprimir la cantera y contratar a futbolistas nacidos o formados en los territorios vascos sin hipotecarse mediante decisiones puntuales.
La masa social ha continuado depositando su confianza en esos “once aldeanos” que nos dieron a lo largo del siglo XX nada menos que ocho títulos de liga y 23 de Copa y que, de momento, en lo que va del siglo actual, han conseguido que junto a Real Madrid y Barcelona sigamos siendo los únicos conjuntos que se han mantenido siempre en la Primera División. No es poco, está claro, pero los que somos jóvenes morimos por saborear las mieles de algún triunfo. Recuerdo, por ejemplo, la alegría que sentí de adolescente cuando el equipo se hizo con una plaza para disputar la UEFA de la mano del magnífico Jupp Heynckes o la apoteosis que hubo en Bilbao con el subcampeonato de Liga el año del Centenario con los leones dirigidos entonces por el carismático Luis Fernández, quien toreó para la afición con una ikurriña. Me acuerdo también de momentos muy duros como los años de mitad de la década pasada en los que rozamos el descenso a Segunda, algo que finalmente no se consumó. Más recientemente, Jokin Caparrós recuperó la ilusión de todos con esa final copera de 2009 en la que Toquero nos llevó al edén por minutos con un gol tempranero que poco después fue neutralizado por cuatro bacalaos del Barça que dieron el primer título a Guardiola.
Pero lo vivido este curso desde la llegada de Bielsa sobrepasa toda mi experiencia como aficionado “zuri-gorri”. Pese al gatillazo de las dos finales de Europa League y Copa frente a Atlético y Barcelona, en las que enseguida perdimos la opción de vencer, el mero hecho de llegar a ellas y la manera en que el equipo lo hizo han supuesto una inyección de moral enorme y un espaldarazo a nuestro sentimiento. “El loco” rosarino ha conseguido que aprendamos de memoria ese once que ha vencido en todas las eliminatorias disputadas este año. Ese equipo, jovencísimo y con jugadores ya tan emblemáticos como Llorente, Javi Martínez o Muniain, nos ha hecho gozar en ocasiones de un juego comparable al de los mejores, mediante épicas victorias contra rivales de la talla del PSG, el Sporting de Portugal, el Schalke 04 o el Manchester United. El encuentro contra los “diablos rojos” en Old Trafford, donde los leones tuvieron un alud de ocasiones de gol y llevaron siempre la batuta gracias a un juego sublime a la vez que sencillo, se ha convertido en un auténtico referente no solo para nosotros sino para cualquier amante del fútbol.
Nunca en mi vida el balompié ha ocupado tanto espacio en mi mente ni he visto tantos partidos del Athletic como en esta temporada para desazón de mi pareja, que veía hipotecada mi compañía por la enésima cita con esos malditos tipos en pantalones cortos. Desde la lejanía de Nueva Delhi he seguido la andadura del Athletic en todo instante, a menudo acompañado de grandes amigos. He sufrido, he llorado de alegría y de tristeza, y he envidiado a todos aquellos que disfrutaron de los muy habituales ambientazos de este curso en San Mamés, en nuestra casi centenaria Catedral. Creo que tras llegar a la final de la Europa League de Bucarest -después de haber alcanzado también la de Copa meses antes- nos metimos todos en una especie de bucle de euforia, algo inevitable por otra parte. De hecho, desde aquella victoria en la semifinal europea de finales de abril contra el Sporting lisboeta el equipo he encadenado seis partidos sin ganar y sin anotar un solo gol, un récord histórico. Debe quedar en todo caso un agradable regusto en la boca. Eskerrik asko leones por este año magnífico. Athletic, beti zurekin. Siempre estaremos contigo.

La marea rojiblanca en Madrid
Camiseta de Kappa de la época de Julen Guerrero y Etxebe, gorro “pakol” afgano-paquistaní a modo de txapela y bufanda del año del Centenario (1998). Este era mi equipaje desde que me subí en el autobús en Santander hacia Bilbao para unirme allí a mis amigos César y Sara en coche hasta Madrid. Mi periplo a la final copera contra el Barcelona había comenzado en realidad unos días antes en Nueva Delhi. A primera hora del viernes en la capital vizcaína el ambiente era ya increíble. Las banderas rojiblancas poblaban cualquier ventana, las empresas habían colocado carteles con mensajes de apoyo en sus sedes y la estación de autobuses era un constante circular de aficionados, que provocaron una auténtica marea humana en la autovía de camino a Madrid. Adelantábamos a decenas de autobuses y turismos atestados con seguidores. Había coches rojos en los que se había pegado esparadrapo blanco, motoristas enfundados en un traje bicolor especial e incluso varios seiscientos adornados para la ocasión. Los atascos, provocados por absurdos controles policiales, entorpecieron un poco el viaje por la mañana hasta que el Ministerio de Interior canceló estos chequeos tras comprender que no podía estropear la fiesta a tanta gente sin un motivo aparente. Bastante incorrectas habían sido esa semana las palabras incendiarias de Esperanza Aguirre.
Una vez en Madrid, la ciudad estaba tomada. Por cualquier rincón aparecía una elástica “zuri-gorri” y en cada calle se pronunciaba el tradicional “aupa” a modo de saludo para todo extraño conocido con el que uno se cruzaba. El ratio de aficionados rojiblancos frente a culés era claramente favorable a nosotros y en la zona de Athletic Hiria (ciudad), situada en Madrid Río, cerca de la Latina, uno se sentía directamente como si estuviera en Pozas o Casco Viejo en Bilbao. Esa enorme explanada se quedó pequeña enseguida. Es difícil cuantificar la gente que se desplazó a ella, seguramente decenas de miles, la inmensa mayoría aficionados sin entrada que iban a ver el partido en las pantallas gigantes.Había cuadrillas de todo Bizkaia y Euskadi, castellano-manchegos, extremeños, gente de Madrid que apoyaba puntualmente a nuestro equipo y no pocos culés. Un océano con Ché Guevaras improvisados, txapelas, tops ajustados, alguna que otra ikurriña, tatuajes devocionales, Copas que daban el pego y la zamarra de toda la vida, la rojiblanca, en todas sus versiones, tamaños y estados. Durante la jornada se revivió la victoria copera de 1984 sobre el Barça de Maradona y el épico partido de San Mamés contra los blaugranas de este año, también los legendarios duelos contra el Manchester United, hubo conciertos de rock y decenas de personalidades leyeron mensajes de apoyo al Athletic. Se bebieron muchos litros de kalimotxo, se degustó txakoli, y algunos como un servidor se tomaron un gran bocata de chuletón de ternera al ritmo de Athletic, beti zurekin. La fiesta fue redonda y, pese a la derrota, continuó toda la noche por los bares de la ciudad.

---- *Fotos (de arriba hacia abajo): 1) Aspecto de la carpa del Athletic en Madrid Río a media tarde. 2) Con mis amigos Imanol, César y Sara. 3) Imagen de una zona del complejo Athletic Hiria. 4) Con mi amigo Kepa y dos amigas suyas en un bar de la Latina tras acabar el partido.