lunes, marzo 17, 2014

La palabra y el silencio

La palabra escrita es contundente. Se puede leer una y otra vez. Puedes ampliar el tamaño y cambiar la fuente pero queda igualmente grabada. La palabra oral, en cambio, se la lleva el viento. Es posible moldearla al gusto y mitigar su trascendencia. Se puede incluso obviar su conocimiento. La memoria suele ser benévola y ayuda a este cometido. Alguien me dijo una vez algunas de estas cosas. Puede que no con esta claridad ni con el mismo sentido. La memoria no es una de las ciencias más exactas. Mi interlocutor era en todo caso un partidario de la palabra oral como medio adecuado para las situaciones comprometidas, aquellas en las que la comunicación se examina en detalle desde todos sus vértices.

¿Pero qué sucede cuando no se quiere o no se puede comunicar ni de manera oral ni escrita? El silencio es silencio, no es escrito ni oral. Es ambas cosas y es ninguna. También es infinitamente interpretable. En lengua española se dice que quien calla otorga. Esta máxima popular, confirmada en la práctica muchas veces, es cuanto menos cuestionable. A mí no me gusta el silencio. Generalmente me incomoda porque no sé convivir con él. Con el afán de romperlo, promuevo a menudo conversaciones estériles. El único objetivo de las interacciones es precisamente esquivar el silencio y no tanto mantener una conversación útil y provechosa para las partes implicadas.

Siempre he sido partidario de comunicar, de explicar las cosas. A veces quizás las expliqué demasiado. O demasiado mal. El acierto es algo muy subjetivo, ¡para qué engañarnos! Mi voluntad fue con frecuencia aclaratoria, no obstante. Quise deshacer enredos y apagar fuegos. Expandir conocimiento, retratar injusticias o simplemente dar un golpe en la mesa. Y utilicé tantos medios como mensajes. Ya fuera una carta comprometedora, un escrito sesudo o un tweet agitado. Una llamada telefónica fugaz, una conversación a deshora, un susurro imperceptible o un guiño travieso.

Como periodista no comunicar cuando existe necesidad de hacerlo podría ser comparable a tener que hacer un día el pan sin la masa que da forma a las crujientes barras que comemos con gusto. Dile a un panadero que cocine un pan sin harina o que haga la tarta de chocolate sin chocolate. Es probable que te conteste que no le toques las narices ni las orejas. Ahora bien, dile a un periodista que escriba su artículo sin palabras o sin las palabras importantes. Hoy no puedes utilizar crimen, amor ni misterio; solo hecho, relación y situación. Golpe duro. Pídele que no escriba y aún será peor. Una culebrilla molesta se introducirá en su cuerpo y lo recorrerá constantemente. El periodista se tomará el café sin azúcar para congeniar con su amargo temperamento.


Creo que hay más miedo a la palabra que al silencio. El silencio es un bosque frondoso y abrigado en el que uno se puede esconder tanto si llueve a cántaros como si hace sol. La palabra, ya sea oral o escrita, puede ser una caminata feliz en un día soleado o un paseo entre prados embarrados con violentos granizos y un viento infernal. Puede que el granizo dure lo que dura un cubito de hielo en el desierto de Rajastán en verano, pero si estás fuera del bosque te agarra. En un momento tienes más agua en tu ropa que la que albergan todo el mar Cantábrico y parte del Mediterráneo juntos. Así todo, más que pillar un resfriado, el verdadero fracaso es quedarse siempre a la sombra. Dejar pasar los días soleados uno tras otro por miedo al granizo. Renunciar al paseo primaveral. Yo me quedo con el granizo.

miércoles, diciembre 04, 2013

Phir milenge, India!


Conocí la India un otoño de 2007. Delhi tenía esa humedad nocturna que penetra los huesos y esa calima matinal que nubla el pensamiento, pero los días seguían siendo agradablemente cálidos. Viajé un mes por el norte del país para comprar las postales pintorescas que anuncian las guías. Turbantes chillones, camellos de feria, histriónicos santones y dementes ascetas. Fue mi primera experiencia en Asia. Pronto volvería a este oceánico continente para asentarme como periodista en el vecino Pakistán. El tiempo pasó volando, con más alegrías que penas. Aprendí a sobrellevar los interminables veranos de seis meses y antes de que acabara 2010, con la calima de otoño y en una noche húmeda como el fango, regresé a la vieja conocida Delhi. La ciudad tenía otra cara. Bullía. Aeropuerto nuevo, pasos a nivel, el metro… y también caos, vacas, mutilados, niños mendigos. Nada había cambiado tanto en realidad pero la India respiraba con fuerza, convencida de su magnitud y potencial. La confianza quizás ha menguado un poco desde entonces.

Ahora, seis años después de que pusiera pie aquí por primera vez y tras tres viviendo, me dispongo a abandonar Delhi y la India. Otra vez sucede en el melancólico otoño, con la calima penetrando mi cuerpo y sumiendo a mi mente en un confuso estado de embriaguez. La melancolía y la embriaguez son mayores porque dejo también el medio de comunicación que ha sido mi morada durante todo este periplo asiático. La agencia con la que abrí la corresponsalía en Islamabad cuando era un germanizado periodista timorato que solo sabía desenvolverse en el terreno seguro de Europa y con la que después prolongué mi aventura al otro lado de la frontera.  En estos momentos en que escribo las últimas palabras tras haber tecleado más de un millón, cuando plasmo mis siglas igb en las últimas noticias de las casi 6.000 que redacté o edité para EFE no puedo evitar sentir cierta nostalgia y acordarme de esas personas que hicieron de esta travesía un placer sencillo. La lista es larga y, encriptada, es mucho más enigmática y anónima, como en el fondo ha sido siempre gran parte de nuestro trabajo. La integran enormes maisanes como amp, daa, pmm, mt, jlr, av, ms, fpw o ilc y magníficas compañeras como mb, ss y nt, todos capitaneados por los veteranos ja y amg. Muchas más iniciales me acompañaron al otro lado de la línea virtual, desde el fortín de Madrid.

No todo fue fácil. La agencia no ha sido inmune a la crisis que ha gangrenado el oficio, convirtiéndolo en ocasiones en una caricatura de lo que el periodismo debería ser. Espero que pronto soplen vientos mejores que lleven el velero a puertos más reconocibles, como aquellos en los que en estos años intentamos atracar una y otra vez, a veces con éxito y otras sin mieles, pero con la sensación de haber remado en la dirección correcta. Este pirata se lleva consigo el ron de marineros y un baúl repleto de recuerdos, un tesoro que vale todo el oro de la India y algunos crores de rupias más. Me quedo con las callejuelas endiabladas de Benarés, la vertiginosa verticalidad de Cachemira o los atardeceres de Bombay. Me llevo la arena del Rajastán, las noches de murciélagos de Delhi y los océanos verdes de Kerala. También meto en el cofre la pasión futbolera de Calcuta y el críquet de los parques, el turbante de un sij, algunas cintas de Bollywood, el peine de un rickshawala y los colores del Holi. Cierro el tesoro con una desgastada y pesada llave. Miro hacia el cielo. La calima sigue ahí. Algunos cuervos me dicen adiós con sus graznidos. Yo les digo hasta la próxima. Sé que nos volveremos a ver, probablemente en otro húmedo otoño.


¡South Asia zindabad!

viernes, julio 26, 2013

El hombre que perdió su tono

Benjamin Gublings era un buen maestro. Lo decía todo el mundo. Sus alumnos, compañeros de oficio y mentores. Incluso sus críticos más acérrimos admitían en privado que era un buen maestro. Además tampoco caía mal, y esta es una virtud que siempre ayuda a mejorar los aspectos más débiles del ser humano. Enseñaba en una modesta escuela de su pueblo las asignaturas de lengua y física, que eran tan diferentes entre sí como parecidas.

Gublings amaba la lengua o, mejor dicho, el lenguaje. Para él era el universo de las personas. La gente veía el mundo a través del lenguaje. Lo disfrutaba y lo sufría. Le encantaban las palabras que se juntaban con otras palabras y los verbos que se ponían delante o detrás. Sentía fascinación por los adverbios largos que daban seriedad al discurso o por los puntos, comas y otros signos extraños que lo volvían fluido.

En la física veía también algo extraordinario. Si la lengua era el universo de las personas, la física ayudaba a entenderlo. Gublings miraba un nubarrón oscuro y comprendía por qué se había formado. Nunca una manzana que cayó desde un árbol o el regalo de una gaviota le pillaron por sorpresa. Y cuando su pequeño sobrino Tobías desbordaba la bañera era imposible enfadarse con el chaval. Para Gublings, Arquímedes, Newton o Lavoisier eran un perenne Dream Team planetario que siempre ganaría todos los títulos en disputa.

Sin embargo, todo se empezó a torcer un día. Un día de plácido verano en el que rompió a nevar y nevó durante varios días seguidos. Algunos decían que el sol no volvería a salir nunca. O al menos, no en una fecha temprana. Otros concluyeron que habría escasez durante mucho tiempo y que esta situación obligaría a realizar un reordenamiento. La palabra reordenamiento no le gustaba a Gublings. Justificaba su desconfianza en que el lexema de la misma era orden y orden, según él bien sabía, podía ser sinónimo de equilibrio o ubicación pero también podía equivaler a mandato o imposición.

Suele decirse en textos antiguos y libros de autoayuda que las primeras corazonadas son las buenas. Gublings se temía lo peor con todo el asunto del reordenamiento. Poco tiempo después, a su escuela vino un hombre con bigote lacio y camisa de botones y ordenó que de un día para otro los maestros de lengua dejaran de enseñar los adjetivos porque los libros iban a tener 25 páginas menos el curso siguiente. En realidad, el tipo del bigote lacio tenía parte de razón. El lenguaje estaba repleto de adjetivos inservibles. Muchos se repetían innecesariamente o se utilizaban solo para demostrar estatus o crear problemas y tensiones. Impertérrito, sempiterno, desdichado, revolucionario, malvado y tramposo. Fuera. Gublings tenía dudas pero acató. Le pareció un mal menor.

El reordenamiento llegó también a la física. De la noche a la mañana se transmitió a la escuela el mandato de dejar de enseñar el principio de la acción-reacción. Por lo visto era un principio subversivo. También se vio afectada la teoría de la conservación de la materia. Si el colegio seguía enseñando equivocadamente a las incipientes generaciones que la energía solo se transformaba... ¿cómo se podría justificar la destrucción necesaria que se estaba produciendo a raíz de la delicada coyuntura?

En los meses venideros sucesivos reordenamientos acabaron golpeando la esencia del lenguaje. Primero se suprimieron las preposiciones y los adverbios. Después el condicional y el subjuntivo. Los primeros eran poco determinantes para el éxito de la comunicación. Los segundos daban pie a aspiraciones y sueños. Demasiado subversivos. Al final solo quedaron los sustantivos. La física sufrió el mismo destino. La inercia, la elasticidad y la flotación. Todas esas teorías y muchas otras más fueron arrancadas del temario por unos motivos no suficientemente aclarados.

En realidad ya no nevaba. Pero la gente miraba a través de las ventanas y veía nieve. La nieve estaba por todos lados. Gublings pensó que todo había sido muy rápido. La gente solo hablaba con sustantivos. Era complicado comunicarse. La desaparición de los principios físicos también hizo que fuera extremadamente difícil entender más allá de la teoría de la gravedad, una de las pocas que seguían enseñándose. Pese a todo, los gestores del reordenamiento pedían ahora un esfuerzo a la gente. Exigían creatividad, constancia y dedicación. Gublings creyó que esto estaba fuera de tono. Pero no sabía ya cómo amueblar argumentalmente su opinión. También creyó que ya no era un buen maestro. Solo alguien con disciplina. Y eso es lo que la gente también pensaba. Que Gublings solo era alguien con disciplina. Y ya ni siquiera caía bien.

domingo, mayo 26, 2013

Agur, San Mames


Ehun urte, bai ehun urteko Katedrala
Iristen dira malkoak zaleen begietan
Ez da gauza erraza agur esatea
Bihotz bihotzez
Mundu guztiak dakila, zein den zure historia
Gure ametsak eta sufrimenduak zurekin joaten dira
Gaur negar egin nahi dugu
Baina bihar bizitza berri bat hasiko gara
Eta San Mamesen espiritua ez da hilko

Athletic beti zurekin, beti lehoiekin alde!



Traducción al castellano


Cien años, sí; una catedral de cien años
Saltan las lágrimas en los ojos de los seguidores
No es sencillo decir adiós
Con todo el corazón
Todo el mundo sabe cuál es tu historia
Nuestros sueños y sufrimientos se van contigo
Hoy queremos llorar
Pero mañana empezará una nueva vida
Y el espíritu de San Mamés no morirá.


¡Siempre contigo Athletic, siempre al lado de los leones!

Crónicas de la India fresca

*Los siguientes enlaces son una selección de artículos, reportajes y vídeos publicados por el autor entre diciembre de 2012 y abril de 2013

El paladar indio se apunta al aceite de oliva


Los indios apenas consumen de media una cucharada de aceite de oliva al año, pero el producto ha logrado en poco tiempo un nicho de mercado en el país y tiene gran potencial al calor del cambio de patrones de consumo en las clases pudientes.

¿Cambia la situación de la mujer india tras la violación?



La muerte de una joven tras ser violada en un autobús ha indignado a la India, donde hay voces que se plantean si el crimen puede conducir a cambiar realmente de manera positiva una sociedad en la que la mujer es muy vulnerable. 

Arte español en tiempos de crisis


Con la crisis en España pasando factura, algunos galeristas españoles han decidido orientar su mirada hacia el emergente mercado del arte indio, que tiene desde hace un lustro una plataforma en la India Art Fair (IAF).
[foto: Atul Vohra]

La empresa española desembarca en la India


La llegada a la India ha sido lenta y tardía, pero en el último lustro casi se ha triplicado la implantación de empresas españolas en este emergente gigante asiático, y las expectativas están en alza.

La India se aferra a la pena de muerte


En un cambio de tendencia que preocupa a los activistas, las autoridades indias han ahorcado a dos reos islamistas tras ocho años sin ejecuciones, una decisión que no pocos tachan de electoralista.
[fotos: A. Kasab y A. Guru (tomadas de Internet)]

¿San Sebastián en Goa?


No tiene Peine del Viento ni monte Igueldo, pero la localidad india de Panaji se parecerá en unos años a San Sebastián gracias a un proyecto que busca transformar su urbanismo a imagen y semejanza de la perla donostiarra.
[fotos: LKS]

Sin especias no hay India


Se toman con medicinas, en limonadas e incluso en la cerveza; las especias son esenciales para la población en la India, un país que fue centro de rutas milenarias de transporte y hoy lidera la producción mundial de estas sustancias.
[fotos: Atul Vohra, Indus Pride]]

Arte contra la muerte de un río sagrado



Considerado uno de los ríos más sagrados para los hindúes, el contaminado y pestilente Yamuna está muerto desde hace décadas y ahora una artista le dedica una exposición con ánimo de denuncia con obras creadas a partir de desechos del afluente.
[foto: Atul Vohra]

La marca 'Incredible India' se tambalea


Tiene exotismo, patrimonio, montañas y playa. Estos atractivos han triplicado en una década el turismo extranjero en el gigante asiático, pero ahora la marca Incredible India se tambalea por la psicosis de las violaciones a mujeres.
[foto: Jaime León]

El santón del sucesor de Chávez


El nuevo presidente venezolano, Nicolás Maduro, es desde hace años seguidor de uno de los  gurús más populares del hinduismo, el fallecido Sathya Sai Baba.
[foto: Sathya Sai Baba Trust]

Las promesas del tenis indio entrenadas por argentinos


En una India regida por el bate, la raqueta lucha por un nicho, y dos argentinos ayudan a lograr ese objetivo entrenando en una joven escuela de elite a promesas que sueñan con dar un día el salto al tenis profesional internacional.
[vídeo dentro de la noticia]
[foto: Atul Vohra]

La tragedia de Bangladesh desnuda las miserias de la industria textil


El derrumbe de un complejo de talleres textiles a finales de abril ha causado más de 1.100 muertos y casi 2.500 heridos. Días después del siniestro cientos de trabajadores, los asalariados más baratos del planeta, no pedían sus indemnizaciones, sino sueldos atrasados, en algunos casos de hasta cuatro meses.

[foto:Taslima Akhter, fotógrafa bangladeshí]


jueves, mayo 16, 2013

La realidad invertida. Cuento sobre un lugar llamado Gladeshban


Imaginemos que usted se marchara de vacaciones por unos días y dejara a su hijo al cuidado de un buen amigo. Una persona de confianza a la que usted ha escogido entre otros amigos por su capacidad para realizar ese cometido. Imaginemos, sin embargo, que este buen amigo, por falta de tiempo u otros factores en los que no nos adentraremos, dejase a su vástago en manos de un buen conocido suyo pero no de usted. Imaginemos finalmente que ese buen conocido de su amigo decidiera transferir el control de su pequeño a un vecino del barrio. Tenemos sin comerlo ni beberlo una larga cadena de responsabilidades. Una matriuska interminable.

Ahora imaginemos que durante su apacible receso -pongamos por ejemplo en un paraíso tropical con aguas cristalinas- a su querido hijo le ocurriera un accidente fatal. El vecino del barrio no presta atención mientras el chaval camina por las viejas escaleras del edificio y el menor tropieza con un escalón difícil, da tres vueltas de campana y se abre el mentón. Una cicatriz de veinte puntos en el hospital y un susto monumental.

¿De quién es la culpa? ¿Del niño? Ciertamente caminó mal, sin mirar, no llevaba casco protector y además tenía la mente en otro lado ¿Será tal vez la responsabilidad del vecino? Su añejo edificio  no está adaptado para niños que corretean de un lugar a otro y seguramente tendría que haber caminado de la mano con el pequeño. ¿Del conocido? Aunque estuviera convencido de que el vecino cuida bien a los niños, traicionó la confianza que había sido depositada en él por un amigo en apuros que le había pedido un favor. ¿Del amigo? A este si que le podríamos acusar de dejación de responsabilidades. Asumió el control del chaval y a la primera de cambio dio prioridad a otros asuntos. ¿Y qué me decís del padre?

Alguno podría afirmar que la fatalidad ocurrió sin su aquiescencia. Bueno, maticemos; quizás si usted hubiera llamado cada día por teléfono a su amigo durante las vacaciones para saber cómo se encontraba su hijo... Si se hubiera molestado en preguntar si el pequeño había hecho los deberes, comido tres piezas de fruta o dormido bien, quizás entonces el amigo no habría podido ocultar que en realidad él ya no estaba al cargo de su hijo y usted se hubiera enfadado muchísimo. Tanto que de un grito mayúsculo habría ordenado romper esa larga cadena de transferencias con las que difícilmente uno puede estar de acuerdo.

Seguramente si iniciamos un acalorado debate discreparemos en el grado de responsabilidad de cada uno de los personajes de esta historia. Pensamientos hay tantos como individuos y cometer errores es de humanos. Bien, ahora añadamos un factor nuevo a la historia. En ese pueblo anónimo en el que a su hijo le ha ocurrido el fatal accidente es de sobra conocido que los habitantes suelen delegar sus responsabilidades y que la policía y la administración municipal hacen la vista gorda con este tipo de situaciones. Cada cierto tiempo suceden casos similares al que ha sufrido usted. En el último medio año otros tres chavales que fueron dejados al cargo de amigos, a su vez al cuidado de conocidos y finalmente de vecinos, tuvieron percances: uno se rompió la pierna; otro, la rodilla; y el tercero, el más pobrecito de todos, está ingresado en la UCI porque se dio un golpe tremendo en la columna vertebral.

Con el conocimiento de esta tradición de dudosa honorabilidad, yo, que ni siquiera tengo hijos todavía, me planteo la siguiente pregunta: ¿Qué padre sería capaz de delegar el cuidado de su pequeño a un habitante de este pueblo sin tener un control regular y estricto de lo que pasa con él? Desde luego, un servidor se andaría con mil ojos, y a usted le recomiendo que haga tres cuartos de lo mismo.

Ahora imaginemos que en esta historia que por el momento no tenía nombres ni apellidos el pueblo se llama Gladeshban, el padre es una poderosa firma de ropa multinacional, el amigo es una importante empresa local acostumbrada a tratar con empresas extranjeras, el conocido es una subcontrata algo menos fiable de esa última compañía y el vecino es otra subcontrata que ni siquiera tiene los papeles en regla pero que quiere hacerse un hueco en un mercado boyante y tiene una fábrica en mal estado. El hijo, el pequeño que ninguna decisión toma y que se cae por las escaleras, es el trabajador asalariado de esa fábrica poco o nada supervisada en la que se produce el accidente.

Parece un cuento y me ha llevado más de setecientas palabras contarlo, pero es una historia real. Como la vida misma. La única diferencia es que la dejación de responsabilidades no causa una simple cicatriz en un mentón, sino casi 1.200 muertos, 2.500 heridos y un centenar de desaparecidos. Todos y cada uno de ellos muy reales. Dejemos de pensar entonces que se trata de un cuento.

sábado, abril 13, 2013

Crónicas del calor indio (abril-octubre de 2012)


Los rickshawallas de Delhi


Un ejército de ciclotaxistas sobrevive a golpe de pedal en Nueva Delhi, y aunque la mayoría lo hace clandestinamente la Justicia ha determinado que todos los miembros del humilde gremio tienen derecho a ganarse así el pan de cada día.
[ver vídeo, de Pau Miranda]

El elefante, ese animal omnipresente


El elefante es ubicuo y tiene una gran tradición religiosa y cultural en la India. Las autoridades del país asiático han aumentado los esfuerzos por su conservación e intentan reducir los conflictos con humanos.

Pasión india por el oro


La India es el principal mercado del oro, un metal considerado un recurso seguro en el país, donde está asociado a cultos religiosos y a la ostentosa joyería de los grandes festejos tradicionales.

India, meca de madres de alquiler


Cada vez son más, vienen de entornos humildes y ofrecen su vientre por un dinero, que no ganarían en años, para dar a luz a un niño que criarán otros: son madres de alquiler en la India, meca de este tipo de fertilización asistida.
El caso de Cayetana, una niña hija de españoles y apátrida en la India

El déficit energético apaga las ambiciones


Los masivos apagones que dejaron a finales de julio sin luz a la mitad de la India ponen de relieve que el déficit energético es un reto mayor para este gigante asiático y potencia emergente de 1.210 millones de habitantes.
[Ver vídeo, de Moncho Torres]

Bollywood busca su James Bond


Países exóticos, misiones de riesgo y bellas mujeres de las que enamorarse fácilmente son los ingredientes de dos exitosas películas de espías con las que Bollywood parece intentar, una vez más, crear una suerte de James Bond indio.

Prohibido mascar tabaco


Empujadas por los problemas de salud que origina, las autoridades de la India han prohibido la venta y producción del "gutka" en gran parte del gigante asiático, una cruzada que amenaza con acabar con este popular tabaco de mascar.

El arte encuentra una nueva atalaya en Delhi


[Vídeo incluido en el artículo]

El lento exilio de los hindúes de Pakistán


La partición del subcontinente indio menguó de hindúes hace más de seis décadas al islámico Pakistán pero muchos que se quedaron intentan ahora asentarse en la India huyendo de la persecución de las minorías religiosas en el vecino país.

Una convivencia rota en Assam


Los peores disturbios étnicos de la última década en la India han sembrado un clima de miedo y desconfianza en esta región nororiental de Assam.

Una frontera peligrosa


Las autoridades indias rodean desde hace décadas a Bangladesh con una de las mayores verjas del planeta para frenar el contrabando y la inmigración ilegal a través de una porosa frontera que se extiende por más de 4.150 kilómetros.

domingo, marzo 17, 2013

Retazos del Kumbh Mela



Cuando a mediados de febrero fui por primera vez a Allahabad parecía que todo el agua del Ganges y del Yamuna estuvieran cayendo de golpe sobre mi cabeza. Improvisé un chubasquero de dos piezas con unas bolsas de plástico y luché durante horas contra la adversidad. Pero en el Sangam, ese punto donde se cruzan los dos ríos más sagrados del hinduismo y el mítico Saraswati, pocos indicios apuntaban a que se estuviera celebrando el Maha Kumbh Mela.

Pese a todo, metí mis pies embarrados allí donde siglos atrás cayó una gota de néctar de la inmortalidad. La gota procedía de una vasija que dioses y demonios se disputaban y, desde aquel prodigioso derrame, la ciudad alberga cada doce años y durante dos meses un festival que representa la mayor congregación humana del mundo. Una cita que atrae a cerca de cien millones de peregrinos.

Había visto las fotos de los fieles imbuidos por la espiritualidad, de los pintorescos santones en cueros peleando por ser los primeros en zambullirse en el Ganges para limpiar sus pecados y había leído como el fin de semana anterior una trágica estampida en la estación de trenes se cobró las vidas de cerca de una cuarentena de personas.


De esas aglomeraciones no quedaba apenas rastro. La lluvia había tenido unos efectos disuasorios más poderosos que cualquier llamada de los dioses. Algunas tiendas de campaña se desmoronaban porque las lonas no aguantaban más el peso del agua, los caminos arenosos del recinto festivalero eran barrizales y algunos peregrinos pugnaban por tomar un autobús de regreso a casa con caras marcadas por el desencanto. Cientos, tal vez miles de kilómetros recorridos en vano. En los días posteriores, las autoridades alertaron de la posibilidad de que el río se desbordase y nadie comprendía por qué el monzón se había adelantado tantos meses y tan encabronadamente.

Pensé que tal vez mi paganismo había tenido algo que ver y sin embargo me resistí a pasearme doce años con la pesada etiqueta de haber estado en el mayor festival del planeta el único día que no hubo festival o en que el destino decidió que hubiera un paréntesis.

Regresé a Allahabad casi un mes después, para la fecha del último gran baño colectivo que cerraría el evento. Me topé con una ciudad mucho más dinámica y colorida. Los oscuros nubarrones de febrero habían dado paso a un claro cielo azul en el que el sol se había hecho dueño de la situación, como si protestara por que Holi -la festividad hindú que tradicionalmente marca la llegada del buen tiempo- hubiera sido retrasado este año de manera injustificada a finales de marzo.


En Allahabad se esperaban unos cinco millones de personas dispuestas a disfrutar del último chapuzón en el Ganges. Eso se aproximaba a la versión genuina del Kumbh Mela que yo buscaba. Poco me importó que muchos otros hubieran optado por abandonar ya la ciudad ante la coincidencia ese fin de semana de un festival en el cercano Benarés en honor a Shiva, dios de la destrucción, al que tenían prevista su asistencia prácticamente todos los naga sadhus, esos santones desnudos que con su presencia hacen más auténticas las fotografías.


Era sábado, el día previo al cierre del telón, y junto al Sangam, algunas personas fumaban marihuana en los cheelum -icónicas pipas de barro- dando unas bocanadas que ayudaban a que el tiempo se ralentizara y las cosas se vieran de manera más sosegada. Otros montaban en barcas para ser transportados hasta el punto en que el verdusco Yamuna y el más marronáceo Ganges se fusionaban. Por los altavoces sonaban sin pausa nombres de gente que se había extraviado y miles de comerciantes dispuestos por las explanadas del festival trataban de hacer su agosto vendiendo amuletos y collares, ofrendas florales, comida, maletas, simples garrafas blancas de plástico para introducir agua sagrada o cualquier otro artefacto sin más valor que el simbólico.

El epicentro temporal del hinduismo no era solo una fuente de espiritualidad, sino también de oportunidades de negocio. Más allá de los humildes comerciantes, representantes de firmas indias consolidadas y emergentes alquilaban casetas para patrocinar detergentes, cosméticos, líneas de ropa, chicles o bebidas refrescantes en un despliegue mayúsculo. Las miradas de millones de visitantes bien valían un esfuerzo promocional que allanara en un futuro la expansión en el mercado de un gigantesco país.
Otros emprendedores apostaban por el sector hostelero en un recinto salpicado por cientos de miles de tiendas de campaña que se convertían por semanas en morada de devotos, algunos humildes y otros más acaudalados.


Había incluso atracciones de feria que ayudaban a los padres a hacer que sus hijos tuvieran una experiencia más llevadera. Para no pocos, la preferida era la temida rueda de la muerte, donde durante unos minutos pilotos al volante de varias motos y un coche hacían honor al principio físico de la fuerza centrífuga y desafiaban a la gravedad conduciendo velozmente por las paredes de un circuito de madera cilíndrico. Los jóvenes conductores ponían su vida en manos de la suerte por apenas veinte rupias o 30 céntimos de euro que costaba el billete. Dime si eso no es pasión.


Dormir fue toda una experiencia en el Kumbh Mela. O más bien un acto de fe. La primera noche casi no pude pegar ojo en una tienda de campaña compartida con una veintena de indios. Un improvisado concierto de flatulencias, una perenne luz fluorescente y los gritos matinales al móvil de exaltadas señoras dejaron en anécdota la masturbación a la que una pareja de jóvenes se encomendó entrada la madrugada cuando creyeron cerrados los párpados de todos los peregrinos presentes. La segunda noche busqué refugio junto a dos periodistas ocasionales en una tienda con mucho mejor aspecto dentro del centro internacional de prensa. Pero las pulgas no abandonaron mi saco durante las horas de oscuridad en las que luché por no pensar en la frecuencia de sus saltos, que sembraron mi cuerpo de rojos y molestos picotazos.

El sueño nunca llegó a mi conciencia y eso, tal vez por suerte, hizo más sencillo el madrugón que me permitió unirme a una apoteósica peregrinación hacia el Sangam entre luces de farolas y estrellas. El domingo empezaba pronto para todos y en ese momento en que el sol aún no amenazaba fue cuando sentí el mayor éxtasis en Allahabad. Entonces comprendí la importancia del evento al que me había empeñado en asistir. Mientras familias enteras dormitaban en el polvo de las calles de esa ciudad artificial festivalera, otras pululaban con bártulos milagrosamente sostenidos en la cabeza. Había quien tomaba un chai caliente para alegrar el estómago y despejar la mente y un ejército de mendigos, leprosos, lisiados y embaucadores trabajaban a todo trajín.



Recorrí en compañía y con la ilusión de un chaval un par de kilómetros hasta llegar al ghat del Sangam. Crucé los caminos encalados para evitar la propagación de epidemias, vi barrenderos mover el polvo de un lado a otro y me asombré con la inaudita perfección de los tendidos eléctricos que ofrecía la provisionalidad frente a las marañas de cables que caracterizan las instalaciones de cualquier ciudad india con más de un mes de vida. Llegué a mi destino cuando los primeros rayos de luz vacilaban y una inmensa bola naranja asomaba por Oriente, situado en esta ocasión a mi izquierda. A mi derecha volaba algún cuervo y había un fuerte tomado por militares que delimitaba el espacio de río en el que las masas purgarían sus ofensas.

Yo era todo inexperiencia pero los devotos conocían el manual de carrerilla. Llegaban a la ribera, extendían en el suelo un plástico grande formado por cientos de envoltorios de Chocapics o chicles Orbit sin trocear, depositaban sus mochilas y comenzaban a quitarse capas como si fueran cebollas humanas. Los hombres se quedaban en ropa interior y las mujeres, algo más recatadas, aunque con excepciones, optaban por conservar el sari para el chapuzón.


Arrancaba entonces el ritual religioso. Los fieles encendían barras de incienso que introducían en barquitos de papel con flores y frutas o dulces para ofrecer en las "puyas" (oraciones). Hay quien entraba tímidamente en las aguas divinas y quien lo hacía con mayor convicción. Algunos niños chapoteaban felices, otros buscaban monedas con un redondeado imán atado de un hilo. Muchas señoras tiritaban de frío en esa mañana no desperezada del todo que todavía conservaba las luces de las farolas; otras cantaban, reían y rezaban.


Allí, frente a mí, había todo un universo. Un joven ingeniero informático tomaba agua en su cantimplora para utilizarla en un futuro en matrimonios o exorcismos; un antropólogo italiano estaba camuflado entre santones con taparrabos, barbas kilométricas y gafas de sol, estudiando sus costumbres, aprendiendo sus maneras; un hombre de avanzada edad bebía un sorbo de agua para atajar todos los males. Una familia de tres piezas se abrazaba tras hacer una ofrenda entre miradas de amor y complicidad. Allí, frente a mí, estaban todos los sonidos y sabores. Todos los colores y olores. No faltaba ninguno. No faltaba nada.