jueves, mayo 16, 2013

La realidad invertida. Cuento sobre un lugar llamado Gladeshban


Imaginemos que usted se marchara de vacaciones por unos días y dejara a su hijo al cuidado de un buen amigo. Una persona de confianza a la que usted ha escogido entre otros amigos por su capacidad para realizar ese cometido. Imaginemos, sin embargo, que este buen amigo, por falta de tiempo u otros factores en los que no nos adentraremos, dejase a su vástago en manos de un buen conocido suyo pero no de usted. Imaginemos finalmente que ese buen conocido de su amigo decidiera transferir el control de su pequeño a un vecino del barrio. Tenemos sin comerlo ni beberlo una larga cadena de responsabilidades. Una matriuska interminable.

Ahora imaginemos que durante su apacible receso -pongamos por ejemplo en un paraíso tropical con aguas cristalinas- a su querido hijo le ocurriera un accidente fatal. El vecino del barrio no presta atención mientras el chaval camina por las viejas escaleras del edificio y el menor tropieza con un escalón difícil, da tres vueltas de campana y se abre el mentón. Una cicatriz de veinte puntos en el hospital y un susto monumental.

¿De quién es la culpa? ¿Del niño? Ciertamente caminó mal, sin mirar, no llevaba casco protector y además tenía la mente en otro lado ¿Será tal vez la responsabilidad del vecino? Su añejo edificio  no está adaptado para niños que corretean de un lugar a otro y seguramente tendría que haber caminado de la mano con el pequeño. ¿Del conocido? Aunque estuviera convencido de que el vecino cuida bien a los niños, traicionó la confianza que había sido depositada en él por un amigo en apuros que le había pedido un favor. ¿Del amigo? A este si que le podríamos acusar de dejación de responsabilidades. Asumió el control del chaval y a la primera de cambio dio prioridad a otros asuntos. ¿Y qué me decís del padre?

Alguno podría afirmar que la fatalidad ocurrió sin su aquiescencia. Bueno, maticemos; quizás si usted hubiera llamado cada día por teléfono a su amigo durante las vacaciones para saber cómo se encontraba su hijo... Si se hubiera molestado en preguntar si el pequeño había hecho los deberes, comido tres piezas de fruta o dormido bien, quizás entonces el amigo no habría podido ocultar que en realidad él ya no estaba al cargo de su hijo y usted se hubiera enfadado muchísimo. Tanto que de un grito mayúsculo habría ordenado romper esa larga cadena de transferencias con las que difícilmente uno puede estar de acuerdo.

Seguramente si iniciamos un acalorado debate discreparemos en el grado de responsabilidad de cada uno de los personajes de esta historia. Pensamientos hay tantos como individuos y cometer errores es de humanos. Bien, ahora añadamos un factor nuevo a la historia. En ese pueblo anónimo en el que a su hijo le ha ocurrido el fatal accidente es de sobra conocido que los habitantes suelen delegar sus responsabilidades y que la policía y la administración municipal hacen la vista gorda con este tipo de situaciones. Cada cierto tiempo suceden casos similares al que ha sufrido usted. En el último medio año otros tres chavales que fueron dejados al cargo de amigos, a su vez al cuidado de conocidos y finalmente de vecinos, tuvieron percances: uno se rompió la pierna; otro, la rodilla; y el tercero, el más pobrecito de todos, está ingresado en la UCI porque se dio un golpe tremendo en la columna vertebral.

Con el conocimiento de esta tradición de dudosa honorabilidad, yo, que ni siquiera tengo hijos todavía, me planteo la siguiente pregunta: ¿Qué padre sería capaz de delegar el cuidado de su pequeño a un habitante de este pueblo sin tener un control regular y estricto de lo que pasa con él? Desde luego, un servidor se andaría con mil ojos, y a usted le recomiendo que haga tres cuartos de lo mismo.

Ahora imaginemos que en esta historia que por el momento no tenía nombres ni apellidos el pueblo se llama Gladeshban, el padre es una poderosa firma de ropa multinacional, el amigo es una importante empresa local acostumbrada a tratar con empresas extranjeras, el conocido es una subcontrata algo menos fiable de esa última compañía y el vecino es otra subcontrata que ni siquiera tiene los papeles en regla pero que quiere hacerse un hueco en un mercado boyante y tiene una fábrica en mal estado. El hijo, el pequeño que ninguna decisión toma y que se cae por las escaleras, es el trabajador asalariado de esa fábrica poco o nada supervisada en la que se produce el accidente.

Parece un cuento y me ha llevado más de setecientas palabras contarlo, pero es una historia real. Como la vida misma. La única diferencia es que la dejación de responsabilidades no causa una simple cicatriz en un mentón, sino casi 1.200 muertos, 2.500 heridos y un centenar de desaparecidos. Todos y cada uno de ellos muy reales. Dejemos de pensar entonces que se trata de un cuento.

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