domingo, marzo 17, 2013

Retazos del Kumbh Mela



Cuando a mediados de febrero fui por primera vez a Allahabad parecía que todo el agua del Ganges y del Yamuna estuvieran cayendo de golpe sobre mi cabeza. Improvisé un chubasquero de dos piezas con unas bolsas de plástico y luché durante horas contra la adversidad. Pero en el Sangam, ese punto donde se cruzan los dos ríos más sagrados del hinduismo y el mítico Saraswati, pocos indicios apuntaban a que se estuviera celebrando el Maha Kumbh Mela.

Pese a todo, metí mis pies embarrados allí donde siglos atrás cayó una gota de néctar de la inmortalidad. La gota procedía de una vasija que dioses y demonios se disputaban y, desde aquel prodigioso derrame, la ciudad alberga cada doce años y durante dos meses un festival que representa la mayor congregación humana del mundo. Una cita que atrae a cerca de cien millones de peregrinos.

Había visto las fotos de los fieles imbuidos por la espiritualidad, de los pintorescos santones en cueros peleando por ser los primeros en zambullirse en el Ganges para limpiar sus pecados y había leído como el fin de semana anterior una trágica estampida en la estación de trenes se cobró las vidas de cerca de una cuarentena de personas.


De esas aglomeraciones no quedaba apenas rastro. La lluvia había tenido unos efectos disuasorios más poderosos que cualquier llamada de los dioses. Algunas tiendas de campaña se desmoronaban porque las lonas no aguantaban más el peso del agua, los caminos arenosos del recinto festivalero eran barrizales y algunos peregrinos pugnaban por tomar un autobús de regreso a casa con caras marcadas por el desencanto. Cientos, tal vez miles de kilómetros recorridos en vano. En los días posteriores, las autoridades alertaron de la posibilidad de que el río se desbordase y nadie comprendía por qué el monzón se había adelantado tantos meses y tan encabronadamente.

Pensé que tal vez mi paganismo había tenido algo que ver y sin embargo me resistí a pasearme doce años con la pesada etiqueta de haber estado en el mayor festival del planeta el único día que no hubo festival o en que el destino decidió que hubiera un paréntesis.

Regresé a Allahabad casi un mes después, para la fecha del último gran baño colectivo que cerraría el evento. Me topé con una ciudad mucho más dinámica y colorida. Los oscuros nubarrones de febrero habían dado paso a un claro cielo azul en el que el sol se había hecho dueño de la situación, como si protestara por que Holi -la festividad hindú que tradicionalmente marca la llegada del buen tiempo- hubiera sido retrasado este año de manera injustificada a finales de marzo.


En Allahabad se esperaban unos cinco millones de personas dispuestas a disfrutar del último chapuzón en el Ganges. Eso se aproximaba a la versión genuina del Kumbh Mela que yo buscaba. Poco me importó que muchos otros hubieran optado por abandonar ya la ciudad ante la coincidencia ese fin de semana de un festival en el cercano Benarés en honor a Shiva, dios de la destrucción, al que tenían prevista su asistencia prácticamente todos los naga sadhus, esos santones desnudos que con su presencia hacen más auténticas las fotografías.


Era sábado, el día previo al cierre del telón, y junto al Sangam, algunas personas fumaban marihuana en los cheelum -icónicas pipas de barro- dando unas bocanadas que ayudaban a que el tiempo se ralentizara y las cosas se vieran de manera más sosegada. Otros montaban en barcas para ser transportados hasta el punto en que el verdusco Yamuna y el más marronáceo Ganges se fusionaban. Por los altavoces sonaban sin pausa nombres de gente que se había extraviado y miles de comerciantes dispuestos por las explanadas del festival trataban de hacer su agosto vendiendo amuletos y collares, ofrendas florales, comida, maletas, simples garrafas blancas de plástico para introducir agua sagrada o cualquier otro artefacto sin más valor que el simbólico.

El epicentro temporal del hinduismo no era solo una fuente de espiritualidad, sino también de oportunidades de negocio. Más allá de los humildes comerciantes, representantes de firmas indias consolidadas y emergentes alquilaban casetas para patrocinar detergentes, cosméticos, líneas de ropa, chicles o bebidas refrescantes en un despliegue mayúsculo. Las miradas de millones de visitantes bien valían un esfuerzo promocional que allanara en un futuro la expansión en el mercado de un gigantesco país.
Otros emprendedores apostaban por el sector hostelero en un recinto salpicado por cientos de miles de tiendas de campaña que se convertían por semanas en morada de devotos, algunos humildes y otros más acaudalados.


Había incluso atracciones de feria que ayudaban a los padres a hacer que sus hijos tuvieran una experiencia más llevadera. Para no pocos, la preferida era la temida rueda de la muerte, donde durante unos minutos pilotos al volante de varias motos y un coche hacían honor al principio físico de la fuerza centrífuga y desafiaban a la gravedad conduciendo velozmente por las paredes de un circuito de madera cilíndrico. Los jóvenes conductores ponían su vida en manos de la suerte por apenas veinte rupias o 30 céntimos de euro que costaba el billete. Dime si eso no es pasión.


Dormir fue toda una experiencia en el Kumbh Mela. O más bien un acto de fe. La primera noche casi no pude pegar ojo en una tienda de campaña compartida con una veintena de indios. Un improvisado concierto de flatulencias, una perenne luz fluorescente y los gritos matinales al móvil de exaltadas señoras dejaron en anécdota la masturbación a la que una pareja de jóvenes se encomendó entrada la madrugada cuando creyeron cerrados los párpados de todos los peregrinos presentes. La segunda noche busqué refugio junto a dos periodistas ocasionales en una tienda con mucho mejor aspecto dentro del centro internacional de prensa. Pero las pulgas no abandonaron mi saco durante las horas de oscuridad en las que luché por no pensar en la frecuencia de sus saltos, que sembraron mi cuerpo de rojos y molestos picotazos.

El sueño nunca llegó a mi conciencia y eso, tal vez por suerte, hizo más sencillo el madrugón que me permitió unirme a una apoteósica peregrinación hacia el Sangam entre luces de farolas y estrellas. El domingo empezaba pronto para todos y en ese momento en que el sol aún no amenazaba fue cuando sentí el mayor éxtasis en Allahabad. Entonces comprendí la importancia del evento al que me había empeñado en asistir. Mientras familias enteras dormitaban en el polvo de las calles de esa ciudad artificial festivalera, otras pululaban con bártulos milagrosamente sostenidos en la cabeza. Había quien tomaba un chai caliente para alegrar el estómago y despejar la mente y un ejército de mendigos, leprosos, lisiados y embaucadores trabajaban a todo trajín.



Recorrí en compañía y con la ilusión de un chaval un par de kilómetros hasta llegar al ghat del Sangam. Crucé los caminos encalados para evitar la propagación de epidemias, vi barrenderos mover el polvo de un lado a otro y me asombré con la inaudita perfección de los tendidos eléctricos que ofrecía la provisionalidad frente a las marañas de cables que caracterizan las instalaciones de cualquier ciudad india con más de un mes de vida. Llegué a mi destino cuando los primeros rayos de luz vacilaban y una inmensa bola naranja asomaba por Oriente, situado en esta ocasión a mi izquierda. A mi derecha volaba algún cuervo y había un fuerte tomado por militares que delimitaba el espacio de río en el que las masas purgarían sus ofensas.

Yo era todo inexperiencia pero los devotos conocían el manual de carrerilla. Llegaban a la ribera, extendían en el suelo un plástico grande formado por cientos de envoltorios de Chocapics o chicles Orbit sin trocear, depositaban sus mochilas y comenzaban a quitarse capas como si fueran cebollas humanas. Los hombres se quedaban en ropa interior y las mujeres, algo más recatadas, aunque con excepciones, optaban por conservar el sari para el chapuzón.


Arrancaba entonces el ritual religioso. Los fieles encendían barras de incienso que introducían en barquitos de papel con flores y frutas o dulces para ofrecer en las "puyas" (oraciones). Hay quien entraba tímidamente en las aguas divinas y quien lo hacía con mayor convicción. Algunos niños chapoteaban felices, otros buscaban monedas con un redondeado imán atado de un hilo. Muchas señoras tiritaban de frío en esa mañana no desperezada del todo que todavía conservaba las luces de las farolas; otras cantaban, reían y rezaban.


Allí, frente a mí, había todo un universo. Un joven ingeniero informático tomaba agua en su cantimplora para utilizarla en un futuro en matrimonios o exorcismos; un antropólogo italiano estaba camuflado entre santones con taparrabos, barbas kilométricas y gafas de sol, estudiando sus costumbres, aprendiendo sus maneras; un hombre de avanzada edad bebía un sorbo de agua para atajar todos los males. Una familia de tres piezas se abrazaba tras hacer una ofrenda entre miradas de amor y complicidad. Allí, frente a mí, estaban todos los sonidos y sabores. Todos los colores y olores. No faltaba ninguno. No faltaba nada.





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