martes, noviembre 20, 2007

Crónicas de la India I

Venía de Múnich tras una visita relámpago. Una ciudad pulcra y soberbia, invadida por un chovinismo muy de la broma pero sentido de corazón. Y llevo más de un año viviendo en Berlín, donde los pequeños placeres están a la orden del día. La Europa del ocio y del negocio. Del bienestar occidental. Aquí, los jóvenes pueden estudiar casi hasta los 30 años sin que a nadie se le caiga el mundo encima por ello y un metro te lleva de una punta a otra de la ciudad en 50 minutos. Creo que es importante saber de dónde vienes para entender adónde vas. Me iba a la India. Para un mes. Para abandonar por primera vez el Viejo continente. Uno nunca está del todo preparado para la suerte de experiencias que se le avecinan. Hay quien dice que a la India se la ama o se la odia y que lo más sencillo es que uno se debata entre estas dos sensaciones en numerosas ocasiones.

Existe un shock inicial. El de las multitudes agolpándose en cada esquina. Bicicletas cargadas con diez veces su peso se abren paso entre varias hileras de coches y vehículos de toda índole. Si matemáticamente hay espacio para tres carriles nadie duda que serán seis a efectos prácticos. En la selva del tráfico de Nueva Delhi el claxon se incrusta en los oídos como un cuchillo y nunca te abandona. Especialmente porque si no tienes moto tu medio de transporte será un rickshaw o diminuto ciclomotor-lata verde de tres ruedas, cubierto por una estructura de plástico, a veces negra, a veces amarilla, y desarmado en los laterales, por lo que además del ruido chuparás todo el humo. Un buen momento para replantearse el dejar de fumar. A eso invitan las bronquitis crónicas, sólo aliviadas en cada semáforo con gargajos de 10 segundos de gestación, de todos los taxistas. Mejor olvidarse de los atestados autobuses, pues el más afortunado conseguirá un sitio en el techo. El metro no cubrirá toda la metrópolis hasta 2010 y, aún así, llegado este momento, parece difícil pensar que la selva se convertirá en estepa. Eso sí, lo que hay ya, está muy bien: limpio y espacioso.

Lo de limpio contrasta radicalmente. La ciudad es un hervidero de basura. Es curioso pero existe algún contenedor para reciclar plásticos. Aunque es sólo testimonial. Lo fácil es caminar cientos de metros sin divisar ni una sola papelera. El hastío conduce a uno a actuar como el resto, es decir, a depositar todo desperdicio en el suelo. Un suelo que para muchas personas es lo único que tienen. La pobreza es omnipresente en un país en el que se calcula que más de 400 millones viven con menos de un euro al día. Cuando no es un niño huérfano que clava sus uñas en el cristal de tu coche, es un lisiado que se enfrenta al tráfico en una carrera de obstáculos por conseguir unas rupias. Cualquier templo es un bazar de olvidados. Seguramente de intocables que luchan por llevarse algo a la boca. Y templos hay muchos. Muchísimos. La milenaria India tiene para regalar. Una vez me siguió casi un kilómetro un niño sin brazo. En otra ocasión, cinco chavales que no llegaban a los diez años se pegaron a mi cuerpo hasta que sus manos tuvieron una pequeña empanada. En el restaurante me echaron la bronca por darles de comer.

Cualquier turista occidental es un imán. Un grupo organizado, un filón. Especialmente en las grandes ciudades. Octavio Paz, que vivió durante seis años en la capital en los años 60 tras la independencia del país, escribía que Nueva Delhi se había creado con grandes paseos y avenidas. Tiene lugares de mucho encanto, como Lodi Gardens -sus jardines preferidos- o India Gate que culmina un infinito paseo flanqueado de césped y árboles con los majestuosos edificios gemelos del Secretariado central. Sin embargo, pocos grandes paseos como éste existen hoy en día. Mi amigo Agus, compañero en la universidad y ahora en Delhi tratando de explicar la idiosincrasia oriental desde EFE, me explica que una de las cosas que más añora de Barcelona es poder pasear con tranquilidad. Quien quiera hacerse esta urbe a pie estará enfrentándose a una utopía. Se ha construido tanto y con tan mala calidad, que muchas partes de la ciudad son hormigueros, cajas de cerillas sin caja y con el doble de cerillas. El espacio es un tesoro cuando sólo se puede disfrutar de él en algún parque. Cuando llegas aprendes pronto que aquí no basta con cinco sentidos. Los ojos abiertos y los oídos afinados. El movimiento es continuo, sino no sería movimiento. E India es movimiento. Dinamismo. Si te paras en un lugar verás pasar por delante de ti el mundo en un minuto.


Fotos: En la primera imagen aparece un conductor de rickshaw. Es el medio de transporte característico del país en todas las ciudades. Su turbante delata que pertenece a la religión de los sikh, considerados como una especie de secta, cuyos integrantes no pueden cortarse ningún pelo del cuerpo. La segunda foto fue tomada desde el coche que me transportaba por el estado de Rajasthan. En cada semáforo se acercan a ti niños y lisiados que hincan sus uñas en los cristales confiando conseguir unas rupias que les permitan comer ese día. Los ojos de los niños indios son de una profundidad intensísima. Son delatores de un existencia accidentada y precoz. La tercera instantánea corresponde al centro de Nueva Delhi. Es uno de los pocos grandes paseos que quedan -en los que realmente se puede pasear-, el que transcurre entre la Puerta de la India y el Secretariado central. El tráfico está algo restringido en esta zona.



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