jueves, diciembre 28, 2006

No todo vale como estatua

La estatua ecuestre de Franco en la plaza del Ayuntamiento de Santander se levanta solemne. La sólida mirada del dictador apenas se perturba cuando las gaviotas manchan su hombro derecho. Carece de alternativa. Ahora son sus únicas compañeras, ya nadie escucha sus discursos. Ya nadie tiene que escucharlos. Como mucho alguna foto de un turista y algunos melancólicos de veintes de noviembre.

En la capital cántabra se ha intentado reabrir con timidez el debate en diversas ocasiones. Franco sí, Franco no. Pero él se queda, ya que, al fin y al cabo, quienes gobiernan no están muy por la labor de armar revuelos. Total en este país ya tenemos ejemplos bien claros de asimilación/ mimetización del fascismo y no ha sucedido nunca nada. Que luego los historiadores lo quieran llamar de otra manera es un asunto en el que no entraré. Por eso proliferan calles todavía como Arriba España o Caídos de la División Azul, y se erigen estatuas a personajes de la talla intelectual y humana de Primo de Rivera.

Lo que sucede es que uno viene de Alemania, donde el lavado de imagen fascista fue brillante, y se piensa que las cosas cambian rápido. Con eso de la UE y el advenimiento de una España vanguardista y moderna da la impresión de que el espíritu progresista tiene sustancia y no es sólo la fachada de una ley de normalización de los matrimonios entre homosexuales, pero conviene mantener los pies en el suelo no nos vayamos a caer antes de empezar a caminar.

El caso es que España en el siglo XX siempre ha ido un rato a carretilla y muy poco conduciéndola así que no es de extrañar que nuestra revolución de las naranjas se haga de rogar unos añitos más. Claro que hay gente que ve en eso de una segunda transición un túnel tenebroso que nos conduce directamente a la división de la sociedad. Son los mismos que hablan siempre de unidades. La metáfora es sencilla: Una gota de agua y una gota de agua no son dos gotas de agua, sino una gota de agua mayor. Sin embargo, una gota de agua y otra de aceite es difícil que devengan una sola algún día. Apresurémonos en saber cuál de los dos casos es el que nos ocupa. Un Bernardo Atxaga que vino a Berlín a presentar la traducción de su última novela (Soinujolearen semea, 2003) al alemán, obra que toca bastante el tema de las consecuencias de la Guerra Civil, le comentaba al periodista lo siguiente:

“La división de la sociedad española, las dos Españas, todavía existe. Ni siquiera se están sentando las bases para que esto cambie. Algunos dicen que la ley de la memoria histórica lo que va a hacer es reabrir las heridas. ¿Pero cómo las va a abrir si no están cerradas? Más que de memoria histórica se trata de verdad histórica. Abandonemos ideas muertas como la de reconciliación. Llevarnos bien no nos vamos a llevar, pero por lo menos dejemos las cosas claras. Un amigo mío ha conocido hace poco donde estaba enterrado su padre [su padre fue fusilado durante la GCE]”

El novelista vasco no se quedaba corto. Tampoco a la hora de calificar el proyecto de ley de Zapatero como algo “teóricamente muy flojo”. Tan flojo que de momento sólo los nacionalistas conservadores le dan su apoyo. Y no es un apoyo vitalicio.

Entrevista completa con el autor

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