lunes, mayo 28, 2012

Un año de ensueño con el Athletic

Cuando el Athletic ganó sus últimos títulos, aquel doblete de 1984, yo apenas contaba un añito de vida. Las imágenes de la triunfal Gabarra surcando la ría de Bilbao en medio de un éxtasis colectivo las he visto en numerosas ocasiones en Internet. También las he visto alguna que otra vez en sueños, con protagonistas algo más actuales que aquellos que integraban el cuadro de Clemente, el “rubio de Barakaldo”. La travesía durante estas últimas décadas no ha sido fácil para el Athletic. El fútbol se ha convertido en un negocio de masas, con presupuestos y deudas desorbitados, apertura de fronteras a jugadores europeos gracias a la ley Bosman, fichajes y sueldos estratosféricos. Nuestro club ha querido entretanto mantenerse fiel a esa filosofía única de exprimir la cantera y contratar a futbolistas nacidos o formados en los territorios vascos sin hipotecarse mediante decisiones puntuales.
La masa social ha continuado depositando su confianza en esos “once aldeanos” que nos dieron a lo largo del siglo XX nada menos que ocho títulos de liga y 23 de Copa y que, de momento, en lo que va del siglo actual, han conseguido que junto a Real Madrid y Barcelona sigamos siendo los únicos conjuntos que se han mantenido siempre en la Primera División. No es poco, está claro, pero los que somos jóvenes morimos por saborear las mieles de algún triunfo. Recuerdo, por ejemplo, la alegría que sentí de adolescente cuando el equipo se hizo con una plaza para disputar la UEFA de la mano del magnífico Jupp Heynckes o la apoteosis que hubo en Bilbao con el subcampeonato de Liga el año del Centenario con los leones dirigidos entonces por el carismático Luis Fernández, quien toreó para la afición con una ikurriña. Me acuerdo también de momentos muy duros como los años de mitad de la década pasada en los que rozamos el descenso a Segunda, algo que finalmente no se consumó. Más recientemente, Jokin Caparrós recuperó la ilusión de todos con esa final copera de 2009 en la que Toquero nos llevó al edén por minutos con un gol tempranero que poco después fue neutralizado por cuatro bacalaos del Barça que dieron el primer título a Guardiola.
Pero lo vivido este curso desde la llegada de Bielsa sobrepasa toda mi experiencia como aficionado “zuri-gorri”. Pese al gatillazo de las dos finales de Europa League y Copa frente a Atlético y Barcelona, en las que enseguida perdimos la opción de vencer, el mero hecho de llegar a ellas y la manera en que el equipo lo hizo han supuesto una inyección de moral enorme y un espaldarazo a nuestro sentimiento. “El loco” rosarino ha conseguido que aprendamos de memoria ese once que ha vencido en todas las eliminatorias disputadas este año. Ese equipo, jovencísimo y con jugadores ya tan emblemáticos como Llorente, Javi Martínez o Muniain, nos ha hecho gozar en ocasiones de un juego comparable al de los mejores, mediante épicas victorias contra rivales de la talla del PSG, el Sporting de Portugal, el Schalke 04 o el Manchester United. El encuentro contra los “diablos rojos” en Old Trafford, donde los leones tuvieron un alud de ocasiones de gol y llevaron siempre la batuta gracias a un juego sublime a la vez que sencillo, se ha convertido en un auténtico referente no solo para nosotros sino para cualquier amante del fútbol.
Nunca en mi vida el balompié ha ocupado tanto espacio en mi mente ni he visto tantos partidos del Athletic como en esta temporada para desazón de mi pareja, que veía hipotecada mi compañía por la enésima cita con esos malditos tipos en pantalones cortos. Desde la lejanía de Nueva Delhi he seguido la andadura del Athletic en todo instante, a menudo acompañado de grandes amigos. He sufrido, he llorado de alegría y de tristeza, y he envidiado a todos aquellos que disfrutaron de los muy habituales ambientazos de este curso en San Mamés, en nuestra casi centenaria Catedral. Creo que tras llegar a la final de la Europa League de Bucarest -después de haber alcanzado también la de Copa meses antes- nos metimos todos en una especie de bucle de euforia, algo inevitable por otra parte. De hecho, desde aquella victoria en la semifinal europea de finales de abril contra el Sporting lisboeta el equipo he encadenado seis partidos sin ganar y sin anotar un solo gol, un récord histórico. Debe quedar en todo caso un agradable regusto en la boca. Eskerrik asko leones por este año magnífico. Athletic, beti zurekin. Siempre estaremos contigo.

La marea rojiblanca en Madrid
Camiseta de Kappa de la época de Julen Guerrero y Etxebe, gorro “pakol” afgano-paquistaní a modo de txapela y bufanda del año del Centenario (1998). Este era mi equipaje desde que me subí en el autobús en Santander hacia Bilbao para unirme allí a mis amigos César y Sara en coche hasta Madrid. Mi periplo a la final copera contra el Barcelona había comenzado en realidad unos días antes en Nueva Delhi. A primera hora del viernes en la capital vizcaína el ambiente era ya increíble. Las banderas rojiblancas poblaban cualquier ventana, las empresas habían colocado carteles con mensajes de apoyo en sus sedes y la estación de autobuses era un constante circular de aficionados, que provocaron una auténtica marea humana en la autovía de camino a Madrid. Adelantábamos a decenas de autobuses y turismos atestados con seguidores. Había coches rojos en los que se había pegado esparadrapo blanco, motoristas enfundados en un traje bicolor especial e incluso varios seiscientos adornados para la ocasión. Los atascos, provocados por absurdos controles policiales, entorpecieron un poco el viaje por la mañana hasta que el Ministerio de Interior canceló estos chequeos tras comprender que no podía estropear la fiesta a tanta gente sin un motivo aparente. Bastante incorrectas habían sido esa semana las palabras incendiarias de Esperanza Aguirre.
Una vez en Madrid, la ciudad estaba tomada. Por cualquier rincón aparecía una elástica “zuri-gorri” y en cada calle se pronunciaba el tradicional “aupa” a modo de saludo para todo extraño conocido con el que uno se cruzaba. El ratio de aficionados rojiblancos frente a culés era claramente favorable a nosotros y en la zona de Athletic Hiria (ciudad), situada en Madrid Río, cerca de la Latina, uno se sentía directamente como si estuviera en Pozas o Casco Viejo en Bilbao. Esa enorme explanada se quedó pequeña enseguida. Es difícil cuantificar la gente que se desplazó a ella, seguramente decenas de miles, la inmensa mayoría aficionados sin entrada que iban a ver el partido en las pantallas gigantes.Había cuadrillas de todo Bizkaia y Euskadi, castellano-manchegos, extremeños, gente de Madrid que apoyaba puntualmente a nuestro equipo y no pocos culés. Un océano con Ché Guevaras improvisados, txapelas, tops ajustados, alguna que otra ikurriña, tatuajes devocionales, Copas que daban el pego y la zamarra de toda la vida, la rojiblanca, en todas sus versiones, tamaños y estados. Durante la jornada se revivió la victoria copera de 1984 sobre el Barça de Maradona y el épico partido de San Mamés contra los blaugranas de este año, también los legendarios duelos contra el Manchester United, hubo conciertos de rock y decenas de personalidades leyeron mensajes de apoyo al Athletic. Se bebieron muchos litros de kalimotxo, se degustó txakoli, y algunos como un servidor se tomaron un gran bocata de chuletón de ternera al ritmo de Athletic, beti zurekin. La fiesta fue redonda y, pese a la derrota, continuó toda la noche por los bares de la ciudad.

---- *Fotos (de arriba hacia abajo): 1) Aspecto de la carpa del Athletic en Madrid Río a media tarde. 2) Con mis amigos Imanol, César y Sara. 3) Imagen de una zona del complejo Athletic Hiria. 4) Con mi amigo Kepa y dos amigas suyas en un bar de la Latina tras acabar el partido.

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