miércoles, septiembre 19, 2012

Inagotable Bangkok

Bangkok abandona su ritmo frenético a las ocho de la mañana y a las seis de la tarde. Entonces suena en altavoces por toda la ciudad el himno nacional y hay quien lo canta con devoción calibrando meticulosamente los tonos de su complicado idioma. La misma devoción existe hacia la monarquía, sobre la que no se admiten discusiones ni críticas -pueden costar la cárcel- y sí en cambio que cada rincón esté impregnado de amables amuletos y retratos de los miembros de la realeza en sus más cotidianas labores. Como capital de la principal meca turística de Asia -un turista por cada tres habitantes-, la metrópoli tailandesa es un hervidero de tendencias, una fuente de dinamismo inagotable y un paraíso de perdición. Enseguida te atrapa con sus luces y sus gigantes de hormigón y cristal. Es la Asia boyante, la que mira al futuro sin miedo y recuerda el pasado con orgullo pero sin nostalgia.
La omnipresencia de la cadena estadounidense Seven Eleven es el recordatorio del triunfo del comercio exponencial. Da igual que quieras un pitillo, una birra de Laos, un sándwich de jamón y queso caliente, un batido de leche con fresas o un chubasquero para hacer frente al demoledor monzón. En cada manzana de la urbe puede uno seguir sumando puntos promocionales gracias al consumismo. A cualquier hora del día y en cualquier día de la semana. Es solo el principio de la rueda. A partir de ese nivel, el comercio se multiplica y no encuentra límites ni en los oceánicos mercados callejeros ni en los centros comerciales adosados a toda estación de metro elevado. Piensa en algo, seguro lo encuentras.Tailandia tiene forma de medusa o quizás la malta de su cerveza me confunda. Te pica pero no te mata. Como sus masajes, como su boxeo que menosprecia los puños y las patadas y encumbra los codazos y golpes de rodilla.Divina tradición. Avisa la tormenta en la estación lluviosa y en un pestañeo las calles tienen casi un palmo de agua. El Chao Phraya y sus canales aledaños se llenan de rabia. Pero Bangkok tiene más orden y disciplina que toda la Asia que había desde Estambul hasta Dacca y la vida sigue allí casi sin querer esperar a que se ponga el modo xiri miri (calabobos).
La ciudad te invita a bucear en su noche de límites laxos. Hay ambientes de sórdida prostitución, de espectáculos bochornosos y mujeres sin opción que forman parte de un gran juego del capitalismo en el que proliferan hombres occidentales fácilmente acompañados. Hay dj's cool con gorro de lana y mangas largas y garitos alternativos con estética retro que parecen un animalario con las más exóticas especies nocturnas. Búhos, lechuzas y murciélagos, también alguna rata. A las dos se baja la persiana en los bares, pero eso es solo la oficialidad de la ley que cumplen algunos. La noche no tiene fin en la clandestinidad de un país de corruptas credenciales. Las torres tienen piscina y gimnasio en la azotea. Uno observa desde allí el narcótico skyline de la ciudad y piensa con incredulidad en la estrambótica toma del centro hace dos años por parte de unos centenares de camisas rojas armados con tirachinas en protesta por la destitución como primer ministro de un conocido magnate. Decenas de manifestantes murieron en las semanas que duró la agitación, la última cicatriz en un país trufado de golpes militares y episodios políticos turbulentos.
Al final se trata de Tailandia, el corazón y músculo de una región tan moderna, hedonista y rompedora, como conservadora, religiosa y de convulso historial. Un país de hábitos monacales y minifaldas, de Iphones y templos con budas reclinados. Un lugar que, con su contradicciones, pecados y tal vez alguna que otra miseria, se deja querer y disfrutar. Mucho.

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