martes, febrero 01, 2011

Descubriendo el sur. Diario de viaje






Su rostro, aderezado del ubicuo mostacho indio, está omnipresente en las calles. Aparece sonriendo, también con semblante más serio, en una infinitud de posturas. A menudo lo hace junto a su padre, Karunanidhi, de oscuras gafas, las cuales confieren a este último un aire de mafiosillo. El hijo se llama Stalin porque nació el mismo año en que el dictador soviético falleció. El Stalin indio en realidad es un actor reconvertido a político y heredero de una importante dinastía familiar que ostenta el poder en el estado más meridional del gigante asiático: Tamil Nadu. Me cuenta mi amiga Nirupama Subramanian, periodista del rotativo The Hindu, que ambos -progenitor y vástago- se consideran cuasi dioses en uno de los estados más religiosos del país, considerado uno de los bastiones del hinduismo. De ahí el culto a su figura. Su partido regionalista, que forma parte de la coalición en el Gobierno central, se ha visto recientemente envuelto en el mayor escándalo de corrupción de la última década, que ha llevado a la dimisión a uno de sus miembros, el ahora ya ex ministro de Telecomunicaciones.

Tenía curiosidad por visitar a los tamiles continentales – también están en la república insular de Sri Lanka, en la que son minoría- de manera que en la capital provincial, la populosa ciudad de Chennai (antaño Madras), comencé una escapada de diez días de la jungla urbana de Delhi. Preferí no organizar en exceso mi viaje para dejarme llevar un poco por el instinto en mi primera toma de contacto con el sur. Orgullosos de su identidad cultural, los tamiles hablan una lengua propia, de origen dravídico y largas e impronunciables palabras. El intento de comunicarte con ellos en un mal aprendido hindi toca hueso normalmente, pero el fracaso se subsana con el uso de la lengua del extinto imperio, pues el conocimiento del inglés está bastante más extendido que en otros lugares.

En enero ya tienen temperaturas muy cálidas así que la gran mayoría de los hombres visten una prenda ligera con la que se cubren las piernas a modo de faldilla llamada doti. Esta prenda parece efectivamente un (do)doti cuando se la recogen hasta las rodillas a medida que aprieta el calor. Como sucede en España, donde a los andaluces se los ve como la gente más agradable y simpática, en el sur de la India los habitantes encaran la vida de una manera más tranquila. A esto contribuye seguramente el mayor bienestar y desarrollo de la zona. La pobreza también existe, pero es menos apabullante, y aunque uno de los deportes locales es la meada en el muro –para disuadir a los meones el Ayuntamiento de Chennai ha hecho que se pinten murales por toda la ciudad- la sensación general es que la característica suciedad de las urbes indias no es tan aplastante.

Nirupama lleva ahora una vida más cómoda enrolada en el equipo editorial del periódico quizás de mayor calidad en la India. Al menos es el que a mí más me gusta por sus análisis y reportajes, hechos desde una perspectiva más liberal y de izquierdas. Eso sí, echa de menos sus tiempos de corresponsal en los vecinos Sri Lanka y Pakistán, donde vivió en etapas de enorme ajetreo informativo. En la segunda de ellas se fraguó nuestra amistad. Frente a la redacción del diario para el que trabaja, las autoridades están construyendo la nueva sede del Parlamento regional, un edificio monstruoso de dudosa belleza estética. Lejos de la redacción, Nirupama me condujo a degustar la vida nocturna de Chennai. Básicamente concluye a las once, hora a la que mueren los estruendosos decibelios de los bares. Unos bares que son en realidad restaurantes -aunque en ellos no se pueda apenas hablar y menos aún escuchar- y en apariencia hoteles, con un apéndice de veinte habitaciones como mínimo, condición básica para que el establecimiento pueda servir alcohol.

En esta primera parada urbana ya me enganché a la dosa. La dosa es un fino y extenso pan servido como un rollo y está hecho a partir de harina del arroz que tanto se cultiva en el sur y se moja en los curries, legumbres o se complementa con verduras, normalmente en el desayuno o la cena. En la caótica estación de autobuses de Chennai me embarqué milagrosamente en uno con destino a la ciudad costera de Pondicherry. Y en esta ex colonia francesa, con su casco antiguo a la francesa, conocí a un chico galo como creo que no podía ser de otra manera. Michaël Cohen acababa de terminar sus estudios de Económicas pero no le apetecía un carajo dedicarse a ello así que se había embarcado en una fase de reflexión vital que debía nacer de un largo viaje, cuya primera estación era la India. Y él, al igual que yo, viajaba solo, así que unimos fuerzas, alquilamos unas motocicletas y nos lanzamos a recorrer las playas de la zona, los campos de cultivo y visitamos Auroville, donde nos dejamos envolver un poco por su ambiente hippie.

También juntos nos desplazamos posteriormente a la monumental Thanjaur. Allí intentamos jugar con los chavales al críquet –el deporte rey- y conocimos a decenas de adolescentes encaminados a ingenieros. La ingeniería es la carrera estrella entre la juventud india, a la que se percibe ansiosa de ser partícipe y beneficiaria del vertiginoso progreso económico del país, y con pocas ganas de faenar en el campo, que todavía emplea a la mayor parte de la población trabajadora de un país aún mayoritariamente rural.

El turismo religioso dio paso al de montaña. Penetramos hacia el techo de Tamil Nadu en una odisea de cambios de transporte, incrustados en las carracas con motor que son los autobuses públicos de la potencia surasiática y surcando unas tortuosas carreteras en las que cada curva merece un suspiro. Con montañas de más de 2.000 metros, Kodai Kanal y sus pueblos cercanos son una meca para jóvenes israelíes. Tras varios años de servicio militar obligatorio, los israelíes acuden en masa a la India a centrifugar su cerebro durante unos meses y encarar un futuro lleno de interrogantes. Muchos lo centrifugan a base de los canutos de hachís que tanto se fuman en los prados de la zona, aunque esta afición no es la mejor compañera para las largas caminatas y el senderismo al que invitan sus colinas. En mi fugaz visita recorrí bosque abajo durante varias horas hasta llegar a la pequeña aldea de Bellagabi. Los lugareños me dieron de comer y beber el arroz y el café que cultivan. Bellagabi tiene electricidad y acceso a agua corriente, todos sus niños van a la escuela y chapurrean un inglés aceptable pese a estar aislada de los núcleos urbanos por la complicada orografía.

Esta fue mi última estación en Tamil Nadu y en ella pasé mucho frío por la noche. De la misma manera que me sucedía en Pakistán, y como he podido ir comprobando durante el invierno de Delhi, en la India los edificios están mal aislados y puesto que la mayor parte del año uno se asa de calor y la fase fría es muy corta el sistema de calefacción central se puede decir que es inexistente. En Kodai Kanal, me separé de Michaël y puse rumbo hacia un bello pueblo enclavado en evocadores valles de interminables mantos verdes de plantaciones de té. El sugerente estado que me daba la bienvenida, Kerala, es feudo de unos habitantes que se jactan de que en él, hacia finales de la década de 1950, por primera vez un partido comunista accedió al poder al ganar unas elecciones democráticas. Las banderas rojas con la hoz y el martillo son una constante una vez se entra en la región, aunque como bien me recordaron varios lugareños se trata de un comunismo muy sui generis, al estilo indio.

En Munnar -que así se llama el pueblo de las plantaciones de té- me reencontré con un israelí a quien había conocido en la etapa anterior. Yair Lev no era el típico visitante adolescente de su país, sino un doctor treintañero afincado en Nueva York con un gran currículo viajero a sus espaldas y doble nacionalidad estadounidense. Como ya hiciera con Michäel, con Yair también opté por dejarme llevar un poco. Ambos eran unos fanáticos estudiosos de la Lonely Planet. Esta guía superventas es la biblia del viajero en este tipo de destinos, algo que ha conducido a muchos de los establecimientos mencionados a ser víctimas de su propio éxito. En todo mi viaje no me pude hospedar en ninguno de los hoteles que recomendaba, siempre repletos. Muchos de los restaurantes y cafeterías que aconseja pierden su encanto una vez atestados de turistas y huérfanos de la fauna autóctona.

Aunque judío, Yair pertenece a una familia bastante secular, pero la falta de devoción no le exime sin embargo de enfrentarse al dilema de perpetuar el judaísmo en sus descendientes. El objetivo se antoja un tanto complicado con su pareja actual: una griega cristiana. Para los judíos, la mujer es quien transmite la herencia religiosa a los hijos. Nuestra despedida ocurrió en Cochín. Una ciudad vibrante, cruce de culturas y religiones, donde lo mismo te encuentras con una iglesia ortodoxa que católica, un templo hindú, una mezquita de la secta ahmadi o una sinagoga. Y en la misma Cochín, el israelí y yo nos deleitamos practicando la destreza del regateo mientras hacíamos la compra del suculento marisco y pescado que después, por pocas rupias, te cocinaban los restauradores locales.

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