miércoles, junio 06, 2007

Hay motivos para luchar

En los campamentos de Rostock se concentran miles de personas que durante toda la semana conviven pacíficamente, intercambian experiencias y discuten acerca de cómo hacer este mundo un poquito mejor
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ROSTOCK.- A lo lejos se escucha una música de Amparanoia y esto es síntoma inequívoco de que se está en la dirección correcta. Pocos minutos después de abandonar la parada de Tren Rápido interurbano de Bramow -una zona escasamente urbanizada y con mucha naturaleza pese a estar cerca del centro de Rostock- uno se ve envuelto de una marea de mochileros en dos sentidos: los que llegan y los que marchan. Ya entonces quedan pocas dudas. Pero cuando unos pasos más hacia delante, varios distribuidores de periódicos del espectro editorial situado más a la izquierda del país, le abordan a uno para ofrecerle los ejemplares especiales sobre la cumbre del G8 más actuales, esta tercera señal ya es concluyente: Hemos llegado al campamento Anti G8. A uno de los tres que se han dispuesto en la zona para acoger a los manifestantes.

El control en la entrada no es demasiado exigente. Un cartel reza que basta con no ser “ni nazi ni policía”. Enseguida se divisa un punto de información con centenares de folletos, principalmente en alemán pero también en muchas otras lenguas. No hay que olvidar que hasta 300 organizaciones están presentes en las protestas. Por eso, una de las preguntas inevitables cuando se habla con alguien es de cajón: “¿De qué organización eres? ¡Ah! ¿De ninguna?”. Frente a los folletos hay alguna mesa en la que se vende material intelectual. Los autores de referencia no fallan: Marx, Gramsci, Rosa Luxemburgo, John Reed…
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Mucha reflexión por los incidentes del sábado
Tras abandonar la recepción llega el salón y allí uno se topa con una nube de iglús. Ya nadie estila las tiendas de campaña familiares, en las que cabe hasta la amama. En el fondo esto también es globalización. Entre nube y nube de iglús se levantan varias calles. Primero se coge la Avenida Durruti todo recto y hacia al final se tuerce a la derecha hasta llegar a la Vía Giuliani, en la que se erige una enorme carpa circense. Allí dentro, grupos de debate reducidos discuten a oscuras sobre alguna temática especial. Son tiempos de mucha reflexión y la gente todavía intenta asimilar lo sucedido en la manifestación del sábado. “A todos los movimientos nos une que nos vemos afectados por la misma represión policial”, comenta un británico ácidamente. Un coreano responde: “No podemos caer siempre en los mismos errores. ¿Qué queda en los medios de la pacífica manifestación por una violencia puntual? No es necesario utilizar la violencia para vencer al G8”.

Otra vez fuera, el mundo es un caleidoscopio. Muchos colores. Se palpa un ambiente relajado. No hay gritos ni prisas. El espectro va del clásico hippie que incluso ha cortado a su hijo de cuatro años el pelo a su estilo hasta el comunista acérrimo, pasando por críticos ecologistas, feministas o minorías de reivindicaciones varias. Pero también muchos otros que a título individual, sin ninguna etiqueta, quieren protestar contra el G8. Como el enfermero Lars que opina que “el movimiento necesita espacios abiertos de discusión en común para frenar el ritmo del capitalismo”. Su buen dominio del castellano le permite además ayudar a traducir simultáneamente en las discusiones. O la profesora pensionista Lylette que confiesa tomar parte en las protestas porque “los problemas de este mundo no le dejan dormir”.

Unos metros más adelante, un grupo de suecos se sacude las legañas. La noche fue divertida. “Hemos viajado muchas horas para venir hasta aquí y, aunque nos esperábamos más gente, estamos muy contentos con el ambiente”. Preguntado Jonathan por sus motivos contesta que “el G8 no es democracia”. “Es la enfermedad del sistema político que tenemos”, abunda. A su lado, sus compatriotas han comprado algo de sangría para afrontar el día y más al fondo, se escucha a varios franceses debatir sobre nuevas formas de participación política.

Pero no todos están de fiesta. En el campamento hay decenas de puestos de organizaciones y allí sus militantes intentan hacerse un hueco en las miradas sobreinformadas de la gente. Michael, del Block G8 –grupo que, entre otras cosas, organiza los bloqueos a los políticos-, asegura que está vendiendo bastantes camisetas y sudaderas. Algunas de ellas hacen mención a las dificultades que tienen muchas personas para poder desplazarse de un país a otro. Respecto a los bloqueos se muestra optimista: “Sabemos que los presidentes como Bush y compañía van a llegar en helicóptero pero seguramente sí que podemos complicar el acceso a Heiligendamm a parte de las delegaciones y eso ya sería un triunfo muy simbólico”. Fuera del campamento, en una de las pocas casas que hay, la sajona Schubert comparte mesa con su familia en la terraza: “Algo de ruido hemos notado”, dice con una sonrisa, “pero de momento se están portando excelentemente”.
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Cocina solidaria y orgánica
Las 5.000 personas que aproximadamente cada día acampan en Bramow disfrutan de un menú orgánico exquisito. Y todo al precio de la voluntad. Esto es así debido a una iniciativa de las cocinas holandesa Rampenplan y belga Kokkerellen. Desde hace 25 años, la neerlandesa Sittard se desplaza con un amplio equipo de voluntarios a cualquier punto de Europa donde tenga lugar un gran acto de protesta del estilo del G8, campañas antinucleares o encuentros del FMI y Banco Mundial.

“En una protesta contra la energía nuclear en Holanda nos dimos cuenta de que todo el mundo cocinaba para sí mismo y que de esta manera perdía mucho tiempo realizando la compra y demás. Por eso pensamos que sería buena idea organizarse”, explica. Tal es así que con el tiempo ha ido consolidando una amplia red de solidaridad y todo sin buscar ningún beneficio: “Todas las personas que trabajan en el proyecto son voluntarios. Gente que o bien no trabaja y se está beneficiando de ayudas sociales o personas que se han cogido vacaciones y aprovechan para contribuir con su tiempo”. Algunas semanas antes del evento, Sittard se pone en contacto con granjeros ecológicos de la región para acordar la compra de varios productos. Eso sí, pensando en un menú vegetariano. Y en la cesta entran zanahorias, coles, cebollas, patatas, rábanos, ajos…

“Intentamos cada día ofrecer algo nuevo, pero es difícil cocinando para 5.000”, asegura. En esta ocasión pensaba que tendría que alimentar a 1.000 bocas y las expectativas se han superado. Por eso, seguramente la inversión de 40.000 euros que han realizado tendrá que ampliarse. Al final, todas las cocinas de los campamentos hacen un bote común para sufragar gastos conjuntamente. Durante los bloqueos tienen pensado además desplazarse con una cocina móvil para que las fuerzas de los manifestantes no decaigan.

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