viernes, octubre 21, 2011

Bakearen garaia / Tiempo de paz

Siempre eché de menos Euskadi. Creo que lo hice desde el mismo momento en que abandoné esa tierra cuando apenas era un adolescente de trece años al que le empezaban a gustar las chicas además del fútbol. La vida luego me ha llevado a muchos lugares distintos, cada uno con su delicioso intríngulis, y me ha ido convirtiendo en una de esas personas de mundo, como gusta decir a algunos. Espero que más para bien que mal. Y es en un día como hoy, horas después del anuncio de ETA, cuando más que nunca pienso desde la distancia que querría estar allí para celebrar una decisión que debió haber llegado hace mucho tiempo. Demasiado.

Habrá quien pensará que el fin era el único desenlace lógico, que se veía venir claramente tanto por su aparente debilidad y pérdida de apoyos internos y externos en los últimos años como por sus continuos gestos recientes a la desesperada. Parte de verdad hay en esta opinión, de acuerdo, pero el paso que se acaba de dar es un pedazo de historia mayúscula del que conviene alegrarse y mucho. Es un pedazo de historia que ha costado la luna conseguir y que se ha llevado a mucha gente por el camino. Un camino en el que espero que no vuelva a caer nadie más. Nunca.

Recuerdo mi infancia y adolescencia en Basauri, un pueblo grande cerca de Bilbao. Se agolpan en mi cabeza reminiscencias a menudo contradictorias, sentimientos encontrados, que son en parte consecuencia de esa constante bicefalia que existe en Euskadi. Recuerdo, por ejemplo, los avisos de bomba que solía haber en mi colegio de primaria que obligaban a evacuar el centro. Me parece que no sentía miedo entonces, en mi inocente niñez pensaba que era un momento especial en el que salíamos de la rutina lectiva.

Recuerdo también que un día se murió el padre de una niña de la escuela de la edad de mi hermano pequeño y se habló mucho de ello. Después acabé comprendiendo que la víctima era un policía natural de Extremadura y que había sido asesinado por ETA. Pienso que había un silencio un tanto inquietante. Otra cosa que recuerdo es que mi padre solía contarme que cuando iba de pequeño a Euskadi desde León a visitar familiares tenía un vecino de su edad con el que siempre jugaba. Años después se enteró de que ese vecino con quien pasaba el rato había integrado en la organización.

A menudo recuerdo que las cosas no se hablaban con franqueza y seguridad según con quién se estuviese. Se departía con mayor facilidad del enésimo partido nefasto del Athletic o de ir a comer unos pintxos al Casco que de la absurda masacre que había causado el último coche bomba. Recuerdo que, por el contrario, fuera de Euskadi con frecuencia y un extraño grado de obsesión y simplismo se hablaba mucho más de lo segundo que de lo primero. Se hacía con una ligereza que a veces conducía a uno, por rechazo, a situarse en jardines fangosos. Esa asociación del vasco y de lo vasco con lo violento por extensión dolía. Hacía un daño enorme.

ETA se quedó vieja hace décadas y ahora, en pleno siglo XXI multimedia, de redes sociales y amplitud de miras, puede atribuirse el dudoso honor de haber impulsado hasta su propia asfixia el último conflicto armado de Europa. Se quedó vieja hace muchísimo tiempo pero creyó ilusa ser joven quizás por estar nutrida de ellos. Lo que tuvo fue siempre, básicamente, más visceralidad que reflexión y autocrítica. Se pensó que defendía a un pueblo que en realidad ya luchaba desde hacía años democracia en mano por sus propias ideas. Es ese traje del diálogo y el debate el que tendrá que probarse desde ya, y mojar su pólvora definitivamente, no guardarla en un cajón.

Hoy no quiero hablar de futuro. Éste será largo pues ha habido mucho sufrimiento y sacrificio por todos lados y las negociaciones vendrán acompañadas de complicaciones. En esta ocasión sólo quiero pensar que los que hoy aseguran que se trata del final, de su final, hayan sido sinceros. Sólo quiero pensar que se trata de un comienzo.

Gora Euskadi.

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